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Una ciudad gris y beige

Autor:  |  Frühjahr 1994

Desde que se había acuartelado en su apartamento, los días y las noches eran iguales o como si fueran un solo día y una sola noche marcados por un cielo claro y un firmamento oscuro. No había hecho casi nada, no había visto a casi nadie. Aunque hacía un mes que había regresado a su ciudad, aun se entretenía mirando por la ventana con curiosidad de recién llegada.

Aquella mañana vertiginosamente, cambió de canales. Las mismas caras de siempre aparecían y desaparecían con un suave toque en el botón. Apagó. Echo un vistazo al cuarto. Ahora las cosas comenzaban a cobrar su dimensión real, eran del tamaño que tenían cuando se fue. Las primeras impresiones habían sido de pequenez, de chocante pequenez. En efecto, todo lo que la rodeaba había sido pequeño y así era en la actualidad; de cualquier forma, algún cambio se había producido. La manta que la cubría estaba deshilachada; el cielorra-so que había sido su punto de referencia para dilucidar intrigas íntimas, tenía el color de la loza mal pulida. Sin embargo, en su recuerdo, ese punto conservaba una luz de faro; había sido un faro, sobre todo, en días de tormenta. En el hipotético caso de que la Democracia sobreviva, será una democracia para pobres; temerosa, ficticia y con un tras fondo social desastroso, recordó que le había escrito Roberto Suárez un año atrás. Por qué diablos había traído sus cartas, por qué las había guardado como si se tratara de documentos insignes o testimonios de una época, por qué les había conferido la importancia de un registro fiel de la memoria, ella que había preferido olvidar.

Saltó de la cama y buscó en una de las maletas, todavía sin abrir, el atado de cartas. Era el momento de destruirlas, de poner orden en su pasado y en su presente, de realizar una exhaustiva limpieza. El envoltorio olía a rancio, el mismo maletín de donde lo extrajo despedía un relente agrio, de tiempo inmóvil. Volvió a arrebujarse en la tibieza de las sabanas. Hizo memoria. El encuentro con Roberto se había dado poco antes de su viaje y cuando la partida ya era un hecho. Si algo la animó fue creer que esa relación sólo podía proliferar epistolarmente. De esa manera establecía un vínculo inofensivo y un lazo necesario. Se aseguraba algún tipo de permanencia, una boya en esta costa que emitiera señales, reconocimiento, pistas de una historia común. Se concentró. Ya entonces Roberto era un hombre de pelo entrecano, que vestía de gris, así como ella de color beige. Él no había cumplido los cuarenta años y andaba escribiendo su segundo o tercer libro de ensayo, dedicándose de lleno al revisionismo histórico, a la crítica político-literaria y a una firme militancia, a pesar de la represión. Vivía solo en el barrio de la Boca y hacía poco que se había separado de su mujer. Solía escribir o tomar apuntes en un café con aroma a aserrín, cerca del río. La primera vez que se vieron, no se habían mirado; luego, a uno o a los dos se les ocurrió inventar que algo los unía.

Se dio vuelta en la cama y apoyó la mejilla izquierda sobre la almohada, con su mano derecha sostenía el paquete de cartas.

Pensó que en el escenario de bares escondidos se habían propuesto dirigirse cierta cosa parecida a un mensaje amoroso; elusivo, fragmentado, que ambos, de antemano, sospechaban que quedaría inconcluso. Quizá por eso convinieron, de modo tácito, dejar lo mejor para el carteo. Tanto para uno como para el otro, la posibilidad del regreso debía de jugar un papel fundamental, y pensando en esto fue cómo la idea de una correspondencia asidua, en la que pudieran desbordarse organizadamente, sellaría la unión de las almas gemelas. Sí, eran idénticos porque los dos se hallaban solos y embarcados en una misma nave a la deriva. Y si se enamoraban, aun quiméricamente, no iba a ser por un gesto amable de la vida, ni por la apetencia simple de los cuerpos, sino por la fuerza de la desesperación.

Se incorporó y eligió una carta. Leyó:

Por fin se me fue el miedo de que no me escribieras. Vos sabes, mi buena amiga, que a veces por temperamento, personalidad o por acumulación de malas pasadas, uno se ensombrece y piensa que los demás no lo recuerdan. Pero el sábado llegó una postal de parques y colores otoñales; tuve la prueba de que habías cumplido la promesa. Sé que hemos hablado, mi querida, de poquitas cosas. Creo que nos hicimos amigos. No es verdad, conjeturo que lo éramos antes, en esos tiempos que no nos atrevemos a nombrar porque molestan, cargados, como están, de sobreentendidos que andan cerca. Sigo en el mismo café, en las mesas del fondo. Un día volverás de tu viaje y tendrás que encontrarme para caminar por la Boca, que tiene sus mercados y su sabor portuario. Entonces hablaremos de libros que aguardan y, ¿por qué no?, de la vida.

Interrumpió la lectura, dejó el papel manuscrito fuera del sobre y tomó otra carta al azar. La siguiente empezaba así:

Querida, en la Boca es primavera. Las chicas se visten de moda y caminan
– no sé si con expectación
– bajo el sol de estas calles. Pone alegre verlas, aunque se siente la precariedad de todo…

Me meto en el café y hablo por teléfono con algún excitado, esos tipos para quienes cualquier novedad es un acontecimiento decisivo. Compro fruta en el mercado, pan, fiambre y vuelvo en seguida al departamento, deprisa como en una comedia. Hay cosas por hacer, pero ninguna tiene plazo cierto; ninguna, al parecer, es rigurosamente válida. Da lo mismo terminar un libro en un año, en dos, en tres… A veces, mi querida, pienso cómo fui haciéndome este hombre solo que puede pasarse varios días, semanas, sin tener, lo que se dice, una conversación. Observo a hombres de mi edad que tienen una casa ruidosa, chicos para llevar al parque y una mujer que prepara satisfecha la comida, y no me explico. Claro que están las clases del Taller y los muchachos que me siguen con los ojos azorados porque todavía no entienden, por más que pongan empeño; algún conocido que encuentro en la Biblioteca para intercambiar información literaria corrosiva y escéptica; y también la compañía de algún libro que a veces tiene la magia de sorprenderme. En New York City o en la “Boca Center” las ansiedades se parecen. Cambia la atmósfera, el ambiente, cambian los rostros, pero hay uno que falta, el sonido perfecto de una voz que no nos atrevemos a matar. Pasan los días, se alteran las temperaturas, se caminan las calles y las avenidas, y al fin queda poco por descubrir. La verdad, hace tiempo, nos ha sido revelada. Te aprieto fuerte mente contra mi corazón.

Yo tampoco olvido ni perdono ni claudico. De pronto, advirtió que ésa era la carta que buscaba, donde estas palabras eran enunciadas sin pudor, creyó recordar, con cierto orgullo prepotente; y que la había inducido a sentir una sensación contraria a la que Roberto, seguramente, hubiese querido instigar y promover en ella: la sensación de oír la voz extinta de un hombre derrotado. Repasó las fechas que figuraban en los matasellos del correo y escogió una de los últimos años. El texto estaba escrito sin encabezamiento:

20 de noviembre, y vos sabes qué significa. Ayer mismo hicimos el acto, a pesar de las prohibiciones, los manoseos de la policía y de algún detenido. Nos largamos por el barrio de Congreso con “San Martín-Rosas-Perón” y otras consignas duras. No salió mal. Quedamos animosos y nos fuimos de vinos y churrascos al sótano de “Pichín”, y allí dale que te dale con la “Vuelta de Obligado”, los ingleses, el 17 de octubre y los “cañoncitos de bronce que teníamos”. Hablé y dramaticé un poco, te confieso, a la gente le hace bien contener la respiración y aguardar lo que viene, y uno se agota bendecido por sus propios gritos. Después de ayer quedé medio tarumba y entusiasmado. Le vamos quitando espacio al “régimen”. ¿Qué querés que te diga, amiga, si la semana pasada se mandaron un allanamiento artillado por “la fuerza pública” y un par de hombres de uniforme y otros “oficiales de justicia” me levantaron en peso a las seis de la mañana y se pusieron a revolver todo, porque habían denunciado que coleccionó literatura peligrosa y organizó “reuniones” en mi casa? Es una iniquidad, pero debí soportarla sólito como tantas otras y confiando en mañana, en hoy, por ejemplo, “Día de la Soberanía”, cuando te escribo a vos que andas lejos, la persona que elegí (la que me queda) para contarle cosas que lastiman. En fin, pienso que esto se arreglará o se vendrá todavía más abajo. Pero te aseguro, querida, que no estoy dispuesto a ceder ni a permitir que me sigan atrepellando. Te juro que me enfermé de rabia, tengo el estómago perforado por la úlcera. Los pocos pesos que me quedaban se los llevó un abogadito del barrio que “garantiza en su justo término contestar a la demanda”. Dios mío, cuánta bajeza junta. Pasando a otro tema, imagino tu sonrisa y a tus nuevos amigos que, desde ya, son míos también. Pero no quiero que vos, justamente, hables de la “incertidumbre del futuro”. Ni querida, el futuro siempre es incierto y no hay que pregonarlo. Si regresas, da por seguro que Roberto es un amigo consecuente; si te quedas, va a acompañarte todo el tiempo que sea necesario enviándote palabras y noticias y compartiendo tus proyectos. No estás sola, alguien en Buenos Aires te recuerda.

Volvió a revisar las fechas de los matasellos. Comprobó que había un lapso de tiempo en que la correspondencia se interrumpía. No pudo precisar si habían dejado de escribirse o había perdido algunas cartas, entre las que quizá se encontrase aquélla que ahora deseaba releer, como se relee el fragmento de una novela que en algún momento se ha subrayado tímidamente para facilitar la tarea de saborear, cada vez que apetezca, los poquitos signos que conjugan la parte esencial de una historia y que, por alguna razón misteriosa, nos develan a nosotros mismos.

¿Cuánto tiempo, verdad? – decía Roberto en otra carta -. Por lo menos para mí, sí me parecen diez años… Una noche de agosto, en un lugar de la calle Corrientes, cuando nos despedimos y vos me trataste muy favorablemente, casi al final, me preguntaste no sé qué cosa, porque tenías algo más (¿cuánto más?) que decirme, después de algunas pláticas precautorias en uno o dos cafés y en las calles de ese invierno que, te consta, fue para mí particularmente hostil. Muchas veces pienso que podríamos haber sido muy buenos amigos, más que ahora, por supuesto, que todo sucede en el papel. Bien, si la correspon dencia se interrumpió, fue por mí, anduve tan dolido. Cuando te marchaste, o mejor, al darme cuenta de que tu viaje iba para largo, no lo soporté. Mi buena amiga ¿cómo estás? Quisiera decirte que te extraño, aunque lo más exacto es confesar que preferí olvidarte como si fueras una fatalidad, algo inexorable, porque para el caso da lo mismo que hubiésemos hablado algunas veces y también que no lo hubiésemos hecho nunca. Creo que nos habíamos empezado a necesitar, y que ahora, no sé. Lo cierto es que te fuiste y yo me quedé “ancla do” en la Boca, y nada ocurrió. ¿Y si te hubiese acompañado? Recuerdo que en una oportunidad lo sugeriste, al pasar, desde luego, sin insistir, sin confianza… Los ciudadanos de Buenos Aires estamos preocupados y tristes: treinta mil desaparecidos, Las Malvinas, una guerra estúpida; movilizaciones, marchas por los derechos humanos, rebeliones inútiles y horror. Ayer domingo, después de mucha convulsión, se realizaron las elecciones generales. Más allá de la euforia, quien haya ganado poco importa. Por otra parte, ya no estoy en las filas del peronismo. En el hipotético caso de que la Democracia sobreviva, será una democracia para pobres: temerosa, ficticia y con un trasfondo social desastroso. El sortilegio de algunas – y momentáneas – libertades públicas no puede ocultar el nudo del asunto. Si la situación de dependencia y deterioro continúa, la Democracia peligrará cada día. Que si estoy medio político y poco poético es porque no se habla de otra cosa. Mi vida, como siempre. LOS libros hechos y los libros por hacer, la literatura y su mundo pequeño. También aquello que nos pasa a los hombres: el amor que llega y lo dejamos ir. Por favor, escribíme largo. Contáme precisamente lo que no sé y te prometo reciprocidad. Estoy en el mismo café donde una vez viniste a buscarme. Te recuerdo y quisiera que esta tarde diéramos una vuelta por la Boca: de a ratos, llueve.

Dobló por los mismos pliegues que ya tenía el papel de cada misiva y las guardó en sus sobres con atención minuciosa, mientras evocaba aquellos pasos de andar sin sombra con los que bajaba la sinuosa escalera de su ático en el Village, para recoger la correspondencia que dejaban en el buzón de la casa. Cada día repetía y prolongaba su ritual de las mañanas a la espera del cartero. Toda acción estaba sujeta a la hora en que habitualmente llegaba el funcionario con su uniforme azul a hacer el reparto. A veces, impedida por la expectativa que suscitaba en ella ese momento, no podía más que agazaparse frente a la ventana y espiar el movimiento de la calle. Sólo los domingos y feriados se sentía liberada de aquella inquietud, del culto obsesivo al hombrecillo de uniforme que la escindía en un antes y en un después de su visita.

Por la tarde, venció la pereza y vagabundeó por la ciudad. Cansada de la larga caminata, entró en un bar del centro. Desde una mesa cercana a la suya, un hombre, parecido a Roberto, la miraba. Recordó que en una de las cartas que no había releído, Roberto se autode-nominaba un socialista solitario. De repente, había desertado del peronismo; el propio Roberto Suárez, que durante varias décadas había contribuido a la peronización de la intelligentzia y que se había mantenido firme en la misma línea durante los años más puntuales de la decepción, optaba por una salida hacia una especie de club íntimo – se le ocurrió, lo de solitario apelaba a esta idea. Sacó la polvera del bolso y se miró en el espejito. Respiró con alivio al comprobar que tenía limpia la cara. Era curioso, aún se le hacía curioso, el hecho de que cada vez que salía con Roberto se le entiznara la nariz o una mejilla. Por fin, el hombre del bar había dejado de mirarla y ahora se entretenía hojeando una revista de inverificable procedencia. En la memoria, todo se hacía in-verificable. Tal vez por eso, decidió llamar a Roberto y quedar con él.

Una semana después, todavía sin ánimos para deshacer por completo las maletas, recordó la charla que había tenido con Roberto en el viejo café de la Boca, que aún seguía manteniendo su inconfundible aroma a vino agrio, aserrín y orines. Él le dijo: Uno emplea el tiempo como puede. Si la expectativa era grande, la desesperanza es mayor. No obstante, lo había visto entero, casi feliz con la cámara de fotos, que era su nuevo medio de vida. A excepción de aquellas dos frases enunciadas con tono mesiánico y como si las hubiese repetido muchas veces, tanto en solitario como en público, no había pronunciado otra queja. Le contó que iba poco al café y que ya no escribía. Dijo, sonriente, haber descubierto que la vida tenía otras posibilidades más dichosas que el ostracismo, el debate político o la insensata y banal lucha de poderes. Desde el rincón más iluminado del apartamento y con una taza de café ya frío, intentó reconstruir la escena completa del reencuentro. Primero había tenido la imagen de un gato famélico que olfateaba, con visible desconfianza, un paquete envuelto en periódicos. Situado en la esquina del café, era como un anticipo insidioso del desempleo del tiempo o de las horas blancas que los contertulios pasaban en el bar. Inmediatamente después vio un mostrador terroso, un par de hombres apoyados sobre la barra, mesas vacías a lo largo del local y, hacia el fondo, una cabeza de plata. Pensó – no pudo no pensar – que el pelo de Roberto merecía una caricia, suavidad sobre la suavidad de la seda. Cierta vez habían jugado a enamorarse y él aún incurría en el juego, pero con un matiz diferente. Quien resiste la catástrofe – alguien le había dicho – y sobrevive a ella, sabe que no tiene nada que perder. El personaje se había trastocado, y aunque conservaba el vestuario -chaqueta y pantalón gris – se arropaba ahora con otro color, cuyo sesgado brillo, sin embargo, no podía encandilar, y mucho menos esconder, la basa fiel a sí mismo, que era todo su infierno y también parte de su propio cielo. Parecía contento o fingía estarlo, lo cual era muy laudatorio, y por consiguiente, la fuerza de su seducción descansaba en esa alegría profana, la alegría y el desparpajo con el que le había dicho: hagamos el amor, querida, festejemos tu regreso. Para luego, sin variar su postura de hombre entero, aceptar el rechazo, sostener viva la mirada, cambiar de tema como quien da vuelta la página.

El sonido del teléfono la sacó de la escena. Atendió. Roberto Suárez pasaría a visitarla. Mientras lo esperaba – las esperas se le hacían interminables – se acercó a la ventana. Aunque atardecía, vio azoteas, antenas, ropa tendida, y en una terraza un gato lamiéndose la cola. El frío abdicaba y podía sentirse la primavera adelantándose en la calle, en el súbito florecimiento de los árboles, en el brote indeciso de las plantas. Aquellas vistas la inducían a reconciliarse con la ciudad, a percibirse nuevamente como parte de ella. No obstante, una extraña amalgama, mezcla de terror y mal, la inmovilizó hasta que llamaron a su puerta.

Al día siguiente, evocaría la noche que había pasado con Roberto. Supo que su entrega, en apariencia dócil y espontánea, había sido premeditada. No sólo respondía a la melancolía del deseo – cada beso le devolvía otros besos -, sino también a la urgencia de saldar una cuenta pendiente que arrastraba desde hacía años. En consecuencia, se habían amado como dos seres cansados que sucumben al ejercicio de hurgar en el cuerpo otras posibilidades que la amistad agotó. Nada nuevo hallaron el uno en el otro, todo en ellos era pura nostalgia y un poco de gratitud. Al recordar los preámbulos aduladores de ese conquistador de la vieja escuela que era Roberto, un poco tanguero y un poco romántico, se enterneció, a pesar de que rayaban en el ridículo. Las cartas también eran su octógono acabado. Se acordó del final de una: A ratos, llueve, y de otra: Te aprieto fuertemente contra mi corazón. Mi pobre amigo, se dijo, que todavía creía en el amor galante, mejor dicho, que practicaba una espuria versión de éste valiéndose de subterfugios y pomposos recursos para ganarse una noche que, de por sí, tenía ganada.

Otra vez, y como siempre, frente a la ventana, se preguntó qué les había pasado. Porque algo había antes, la inocencia o la esperanza. Ahora eran lo que continuarían siendo: un hombre y una mujer en una ciudad gris y beige.

Fragmento de una novela inédita titulada “A la intemperie” de la escritora argentina, residente en España, Reina Roffé.


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