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Un día septembrino en un tianguis en la gran Megalópolis

Autor:  |  Frühjahr 1996

Encontrarse en la Ciudad de México y no recorrer sus tianguis, es decir, sus tradicionales mercados ambulantes, es no conocerla. En septiembre, mes patrio (por aquéllo de la independencia política respecto de España), los tianguis y la ciudad en general se colorean de verde, blanco y rojo: verde de la esperanza (de sobrevivir pese a la crisis), blanco de la paz (a nivel nacional y en todos sus rincones, incluyendo en particular las zonas conflictivas tales como Chiapas, Guerrero, Tlaxcala, …) y rojo de la sajigre derramada (últimamente tanto en acciones bélicas ..guerrilleras” buscando la justicia socioeconómica, como en hechos sangrientos debidos a enfren-tamientos con las fuerzas del orden).

Pues bien, al recorrer la ciudad en metro, empieza uno a percatarse de un fenómeno que a partir de los últimos años se ha acentuado más debido a la agudización de la crisis económica: ante un desempleo creciente las masas se han volcado a las calles para ganar su pan como Dios manda, es decir, con el sudor de su frente; y helos ahí convertidos en vendedores ambulantes de mercancías usuales en la ciudad: lápices, bolígrafos, agendas, crayones, goma de mascar, dulces, chocolates, etc. Los vemos caminar con cierta dificultad dentro de los vagones para cubrir su mercado potencial en un minuto, tiempo de duración del viaje de una estación a otra, y así poder cambiar de vagón y „peinar” literalmente el convoy para optimizar su esfuerzo. Se abren paso entre pasajeros de todas las edades, pesos, estaturas y condiciones sociales: trajeados para ir a la oficina, en los atuendos típicos de escolares, amas de casa, empleadas, etc., en general bien peinados y arreglados al iniciar el día. Los vendedores ambulantes inician su cantaleta, tediosa y a veces apenas comprensible a fuerza de repetirla durante todo el día sin descanso.

Nos llama la atención que, a diferencia de años anteriores, tras el „mentado” Tratado de Libre Comercio entre México, EEUU y el Canadá, ahora los productos de importación no sólo han invadido el mercado nacional, sino que incluso le hacen la competencia desleal, a base de mala calidad y bajos precios. El consumidor se ha visto sorprendido etn sus hábitos consumistas por la oferta desbordante de productos ,,made in USA”, aunque ignoren que pocos ingredientes son realmente estadounidenses, ‘ debido por un lado a las maquiladoras fronterizas mexicanas y, por otro, a la cadena de ensamblaje de productos en países del tercer mundo para minimizar costos. El „ gancho” del prestigioso origen logra su efecto, aunque poco a poco la gente advierta el engaño y tienda a regresar a sus hábitos de consumo „nacional”.

Después de un transbordo multitudinario en una de las varias estaciones que unen dos o más líneas de metro, recorremos largos pasillos decorados con murales con motivos indigenistas, con azulejos formando grecas multicolores, con pequeñas exposiciones pictóricas de los artistas actuales. En la estación Pino Suarez nos cruzamos en el camino con una pequeña pirámide, salvada milagrosamente de ser arrasada en las excavaciones del metro, testimoniando un pasado cultural que se pierde en el inframundo de las comunicaciones subterráneas. Para evitar tomar nuevamente el metro, optamos por dirigirnos al zócalo, al centro histórico, por el pasaje subterráneo; tras los pequeños comercios de revistas, artículos fotográficos, billetes de lotería y similares, iniciamos el largo recorrido del pasaje que se vuelve albergue de la feria del libro metropolitana de vez en cuando. Salir a la superficie y respirar aire parece imponerse a cualquier persona con claustrofobia y a buen número de citadinos.

Salir entre aquellas masas del metro Zócalo y tropezar casi, de camino al Templo Mayor, con múltiples vendedores o gente ..boteando” es una aventura: tijeritas de China, peines o agujetas, agujas; vendedoras con vestimenta humilde ofrecen dulces tradicionales (palanquetas, pepitorias, alegrías), otros pregonan „¡llévelo, de importación…!” tratando de ganar al consumidor. Se acerca la entrada escolar como apreciamos con la reventa en cada esquina de artículos escolares ahora de marca Scri-be. Recuerdo en mi infancia aún haber comprado muchas marcas mexicanas de cuadernos, cuando aún existía un mer-xado de libre concurrencia entre pequeñas compañías nacionales papeleras, antes de que el monopolio transnacional las absorbiera o aniquilara.

Avanzamos hacia los mercados de la Lagunilla, en donde se vende desde un traje de vestir, de coctel o de ,,quince años” hasta uno tradicional de cualquier región del país, bordado a mano; desde zapatos y todo para vestir a la moda hasta comida en un sinfín de restoranes. En el camino hay que atravesar el barrio de Tepito, célebre por las películas de Urdimalas que protagonizara Pedro Infante y que volviera un cliché molesto el habla citadina, reduciéndola a la de esta zona. El mercado de Tepito no es más el lugar de la ,,fayuca”, o sea la importación ilegal, ahora se extiende como un pulpo sobre las calles peatonales y ofrece una mezcla sorprendente de productos ..importados”: Sorprendente porque además de ofrecer aparatos electrodomésticos de ..utilidad” (una secadora de pelo, cuchillos y cepillos de dientes eléctricos), ahora con las video-grabadoras se proyectan en circuito cerrado toda clase de videos, desde juegos como Nintendo hasta películas pornográficas.

Esa falta de discriminación de artículos ofrecidos se advierte en los ,,puestos” en los que sobre una improvisada mesa se extienden productos de belleza (rizado-res, pelucas, cremas, perfumes, etc.) de marcas desconocidas junto con productos que en los países avanzados y liberales como Alemania u Holanda aún se ofrecen con exclusividad en las Sex-shop. Tales productos se exhiben al igual que los juguetes sin ninguna clase de recato y están al alcance de la mano de todo consumidor ¡sin distinción de edad! Es de suponerse que el Jibre comercio”

se ha interpretado en toda la extensión de la expresión y apreciamos con tristeza e indignación que la pornografía y la violencia siguen siendo los mecanismos de penetración y enajenación ideológica del neocolonialismo estadunidense. Ver desenfundadas sobre el mostrador las pistolas (de juguete o para amedrentar a cualquier persona por su aspecto real) al igual que todo tipo de aditamentos para uso íntimo en materia sexual no sólo es un atentado contra la niñez desprevenida o el adulto católico, es una invitación a imitar comportamientos ajenos a nuestra cultura que pueden ir en detrimento del individuo, si se considera que gran parte de la población de la megalópolis es inculta, cristiana y cada vez más depauperada. Y no hablemos de la falta de higiene con que se manipulan artículos susceptibles de establecer contacto con el cuerpo humano: alimentos, monedas, aditamentos sexuales; todo es lo mismo para el vendedor, sólo mercancías.

Qué decir de la censura pública y gubernamental ausente, con seguridad por motivos económicos, a fin de cumplir con el Tratado a como dé lugar y tal vez para sacar provecho de ciertos movimientos comerciales. Ya en las revistas para los viajeros aéreos de las compañías nacionales se habían presentado a nuestros ojos fotografías y descripciones de toda clase de armas útiles para ..defenderse” en la calle de posibles agresores, inmovilizándolos e incluso dejándolos inconscientes por minutos y a merced de … ¿la policía? Imaginar siquiera la potencia de tales armas, hoy adquiribles por cualquier persona ,,para su protección” es prever un aumento desmedido de la violencia urbana al estilo estadunidense a corto plazo, es ver la ..ceguera” del gobierno para impedir que tales ..mercancías” hagan presas a los mexicanos y su bienvenida al neocolonialismo ..gringo” a todo nivel.

Nos alejamos de aquel barullo tremendo entre pregones, diálogos en inglés salidos de las pantallas; desandamos el camino por innumerables pasillos repletos de puestos, pasamos frente al Templo Mayor, o más bien los restos de los que fuera el Templo Mayor para el imperio Azteca a la llegada de los españoles y contemplamos un grupo de „Danzantes”: ejecutan pasos y giros al ritmo del Teponaztle (un tambor indígena) y de la chirimía (una flauta de carrizo); con el atuendo del antiguo habitante de Tenochtitlan evocan el pasado ido, invitan a conocer las culturas indígenas aún vivientes y venden folletos al respecto. En esa gran plaza comparten espacio con auténticos indígenas, quienes con miradas tristes y estómagos vacíos no se atreven a pedir dinero y su voz se escucha sólo al decir gracias ante una ayuda. También hay quienes llegaron a la capital con demandas socioeconómicas y realizan „plantones” al permanecer de planta frente al Palacio Nacional, sede del gobierno, para esperar la respuesta presidencial; otros ,,botean” (pidiendo colaboración ciudadana para su causa en un bote) mal vestidos y silenciosos, y oros más en huelga de hambre padecen doblemente, física y moralmente, al no ser escuchados, ni respetados y al ser echados de la plaza ,,del pueblo” por las fuerzas públicas tarde o temprano.

Admiramos a los taxistas ecológicos, ciclistas suicidas que enfrentan el tránsito urbano y los altos índices de contaminación ambiental llevando a dos o tres pasajeros en el asiento trasero. Esperan pacientes en sus ..sitios” mientras a su lado las olas de vendedores se arremolinan envolviendo al transeúnte. Un momento de tensión sin saber qué pasa, una camioneta de la policía (..julia”) frena de repente y jóvenes vestidos en civil descienden a toda prisa. Algunos vendedores ambulantes recogen su tendido del piso o de las piernas o de donde exhiben sus mercancías y huyen nerviosos. Un distribuidor de agua purificada que seguramente carecía también, como los vendedores que huyen, de permiso expedido y sellado por las autoridades ha dejado en su carrera su bicicleta cargada con botellones de agua. Los jóvenes de la ..julia” suben a ella a toda velocidad la ..mercancía”, incluyendo la bicicleta, y un momento más tarde la agitación ha pasado; nada indica que haya habido un ,,control” de vendedores por ahí. La ,,julia” viró en la bocacalle y ahora controla otra calle.

Nuevamente al metro y a ver reprender y prender a un vendedor ambulante por un par de vigilantes en traje de civil, quienes obligan a aquél a descender con ellos del vagón. Más tarde son niños/y niñas quienes toman el vagón y en tono plañidero reparten dulces a todos los pasajeros. Sus manitas actúan rápidamente, mientras la niña pregonera pide ayuda para „ integrar a los niños marginados”, seguida por otros que recuperan los dulces o la moneda dada a cambio. Son miradas que no piden, que esperan con la dureza de la madurez prematura, que desafían incluso para no ser vistos con piedad, sino con un derecho a tener lo que todo ser humano debería tener: una vida digna.

Salimos en la estación Bellas Artes y nos hace volver la cara el barullo de otro tianguis, esta vez más chic o snob en sus mercancías: ropa de moda hecha en Guatemala, joyas y artesanías de plata, cobre, latón, paja o plástico; cestería, objetos decorativos, vajillas de barro y cerámica; alimentos regionales y materiales de oficina. No faltan las lanchitas de hoja de lata que navegan en una tina como antaño, ni las novedades importadas de otros mercados como la inscripción de su nombre en un grano de arroz y al reverso un motivo árabe. La luz del día se extingue y nuevos vendedores arriban a remplazar a otros en su afán comercial. Los seguimos, nos acercamos a ellos y reconocemos la tradición septembrina: las banderitas, rehiletes tricolores y los grandes sombreros llamados ,,16 de septiembre” con su inscripción: ¡Viva México, cabrones!

Laura R. Carro-K.


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