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Sobrevivientes/Über Lebende

Autor:  |  Frühjahr 2004

II

Ist der Kurzwarenladen das Pendant zur Eisenwarenhandlung? Ist die Menschheit etwa nicht in Bänder und Eisen getrennt’? Wo es Nägel gab, wird es Schleifen geben, wo eine Schraube, Satin und wo einen Schraubenzieher, eine Schere? Ist es denn nicht so, dass zu jedem Draht sein Gummiband kommt und zu jeder Zange das Martyrium einer Rose, die vergebens das Überzeugt werden sucht? Das eine ist die Flexibilität, das andere das harte Handwerk des Bleibens. Wohin kämen wir denn, wenn eins fehlte’.’ Würde die Seide mit Hammerschlägen geheftet, wäre das Büstenhalterkörbchen aus Sackleinen, der Pyjama aus Pappe, die Unterhosen aus Blech…? Hört ihr? Die verliebte Eiserne Lady träumt, dass die Garnrolle ihres Lebens sie weckt und singt »Nimm mich nicht in die Zange…«

II

La mercería, ¿es pendant de la ferretería? ¿La humanidad no está separada acaso entre cintas y fierros? ¿Donde hubo clavos, habrá moños, donde una tuerca, un raso y donde un destornillador, tijera? ¿No es que a todo alambre le llega su clástico y a cada pinza el martirio de una rosa que en vano busca el ablande? Una es flexibilidad, la otra, duro oficio de permanecer. ¿A dónde se llegaría si faltase alguna? ¿Se hilvanaría la seda a golpe de martillo, el corpino vendría de lona, el pijama de corrugado, los calzoncillos de lata…? ¿Se oye? La Dama de Hierro enamorada sueña que el carretel de su vida la despierta cantando ,,No me atenaces….”

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XVIII

Der unheimlichste Ort des Hauses war der Abstellraum. In diesem Übergangsraum landeten alle Gegenstände in Erwartung eines endgültigen Platzes. Abends spielte die Familie Karten im Abstellraum. Unter einer gelben Lampe, die Ecken verdunkelt, schienen auf dem Tisch die Wetten notiert zu sein. Sie schufen Zeit, warteten schweigend auf den nächsten Zug. Jeden Abend lehrten die Erwachsenen ihre Kinder im Abstellraum das Leben zu formen. Mach langsam. Sei ruhig und warte. Lern. Verdau. Und zwischen den Fingern zögerte die Zeit wie ein begehrter Brief.

XVIII

El lugar más inquietante de la casa era el depósito. En esc espacio transitorio se refugiaban todos los objetos a la espera de un lugar definitivo. Por las noches la familia jugaba a las cartas en el depósito. Bajo una lámpara amarilla, los ángulos oscurecidos, la mesa redondeaba apuestas. Hacían tiempo. Amasaban horas, crocantes minutos que se devoraban las mínimas trampas. Cada uno esperaba en silencio la próxima jugada. Cada noche los mayores enseñaban a sus hijos a hornear la vida en el depósito: No te apures. Calla y espera. Aprende. Digiere. Y el tiempo se demoraba entre los dedos como una carta deseada.

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XX

Wie es das Schicksal so will, lebte ich mit meinen achtzehn Jahren mit neun Männern in einem besetzten Haus. Es war ein Haus mit Innenwänden in grün und blau, was sie die Höhle nannten. Eine halbe Straße weiter als die Höhle war das Polizeirevier. Dieses Haus mit den grünen und blauen Wänden gehörte irgendwann einmal den offiziellen Gewerkschaften und die Jugendlichen, die wir damals waren, hatten es zu ihrem Refugium gemacht.

Das Pärchen im Erdgeschoss, die alleinstehenden Männer im ersten Stock. Das junge Mädchen, das jeden Tag mit einem anderen Mann Milch oder Brot einkauten ging, war für die Nachbarn der Inbegriff des Skandals; dennoch lag nichts der Orgie ferner, noch dem Zölibat näher als diese Ansammlung von Obdachlosen, was wir, die Bewohner dieses Raums, eigentlich waren. Das war zweifellos das Letzte, was sich der Portier des modernen Gebäudes von nebenan hätte vorstellen können. Als sich die Gewerkschaften aus irgendeinem Grund daran erinnerten, dass es dieses Haus gab und es von den Trotzkisten, also von uns, damals wiederhaben wollten, genügte ihnen eine Anzeige. Daraufhin überquerte die Polizei die Straße und machte eine Hausdurchsuchung. Wie die Überschwemmten, die stets wiederkehren, obwohl sie der Fluss immer wieder mitreist, besetzten wir es wieder. Klar, dass die Politik manchmal beiseite trat und sich der eine oder andere Polizist hinter der guten Absicht mobilisierte, wie damals, als ich beschloss, die Geschirrtücher so zu kochen, wie es Mama empfahl – damit sie weißer und sauberer würden – und ich auf halbem Weg das Herdfcuer vergaß und weiß Gott wohin ging. Die Nachbarn, alarmiert vom Rauch und dem Gestank nach verbranntem Stoff, der aus den Zimmern drang, benachrichtigten die Ortspolizei. Da niemand in der Höhle war, kletterten die Polizisten über die Dächer, machten den Herd aus, nahmen den Topf mit den verkohlten Geschirrtüchern von der Herdplatte und hätten beinah noch die Teller gespült. Im Dienst der Ordnung der Hausgemeinschaft.

Doch eines Tages kamen sie wegen mehr. Sie nahmen Kleider mit, Bücher, Plakate unter dem Bett und Dokumente. Gott sei Dank waren wir nicht da. Ein grüner und feuchter Engel hatte uns kurz zuvor von dort vertrieben.

XX

Por esas cosas del destino a mis dieciocho años viví con nueve hombres en una casa ocupada. Era una casa con paredes internas de color verde y azul que le llamaban la cueva. A media cuadra de la cueva estaba la comisaría. Esa casa de paredes verdes y azules perteneció alguna vez a los sindicatos oficiales y los jóvenes que éramos entonces la habíamos tomado como refugio.

La parejita en planta baja, los hombres solos en el primer piso. La joven que todos los dias salía con un hombre diferente a comprar la leche o el pan, encarnaba para los vecinos el escándalo por excelencia; sin embargo no había nada más lejano a la orgía ni más lindante con el celibato que esa reunión de homeless; aquéllo que éramos en realidad los habitantes de ese espacio. Esto era sin duda lo último que podría haberse imaginado el portero del moderno edificio de al lado. Cuando los sindicatos por alguna razón recordaban que existía la casa y querían recuperarla de los troskos, a la sazón nosotros, les bastaba una denuncia. Entonces la policía cruzaba la calle y nos hacia un allanamiento. Igual que los inundados que siempre retornan aunque el río los arrase una y otra vez, volvíamos a ocuparla. Claro que a veces la política se hacía a un lado y alguno que otro agente se movilizaba detrás del buen propósito, como aquella vez que decidí hervir los repasadores de cocina como recomendaba mamá – para más blancos más limpios – y a mitad de camino me olvidé del fuego y me fui quién sabe adonde. Los vecinos, alertados por el humo y el olor a tela quemada que salía de las habitaciones avisaron a la seccional. Como no había nadie en la cueva, los agentes treparon por los techos, apagaron la cocina, sacaron la olla con repasadores carbonizados de la hornalla y por poco casi lavan los platos. Al servicio del orden en la comunidad doméstica.

Pero un día vinieron por más. Y se llevaron la ropa, los libros, las pancartas debajo de la cama y los documentos. Por suerte no estábamos. Un ángel verde y húmedo momentos antes nos había expulsado de ahí.

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XXXI

Tagsüber unterhält sich die Reisende, schreit, fällt in Ohnmacht und flirtet sogar.

Nachts wacht sie schweißgebadet auf und notiert die Namen der Daheimgebliebenen, einen nach dem anderen, in ihr Heft mit weichen Deckeln, entlädt in der Tinte den Schmerz, nicht mehr bei ihnen zu sein. Rot, erwacht sie beim ersten Erdbeben im fremden Land und weiß nur eins aus ganzer Seele: Sterben will sie nicht in diesem Land.

XXXI

En el día la viajera conversa grita se desmaya y hasta flirtea.

Por las noches se despierta transpirando y anota los nombres de los que quedaron, uno a uno en su cuaderno de tapas blandas, descarga en la tinta el dolor de ya no ser con ellos. Roja, se desvela con el primer temblor en tierra extraña y una única cosa sabe con toda su alma. No quiere morirse en ese país.


Esther Andrade: Sobrevibientes/Überlebende.

50 poetische Miniaturen, zweisprachig spanisch-deutsch, teamart Zürich 2003.


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