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Mi abuela

Autor:  |  Frühjahr 1994

Mi abuela es una mujer muy dinámica. Ella es viuda, su marido murió de un ataque al corazón. Yo ni siquiera lo conocí. Ella se levanta todos los días a las cinco y media de la mañana. No necesita de un reloj despertador para levantarse a las cinco y media de la mañana. Lo primero que hace es rezar sus oraciones. Después se baña y se alista y sale en su camioneta hacia su finca, que dista unos veinte kilómetros de Estelí. Su finca no es grande, pero tampoco es pequeña. Es una finca mediana y en ella laboran unos veinte peones, para los cuales ella es un miembro más de la familia. Ella desayuna con ellos y participa en sus labores diarias. Regresa a su casa por la tarde y prosigue en sus quehaceres. Ella tiene siempre algo que hacer. A veces va con su empleada a realizar las compras de la casa o algunos encargos de sus peones.

En la casa de mi abuela viven dos sobrinas lejanas de ella. Sus dos sobrinas lejanas provienen de San Fernando. Ellas dos no son hermanas, son primas. Mi abuela les ayuda económicamente y les da la posibilidad que estudien en Estelí. Ellas son mis tías, unas tías lejanas en parentesco. Una se llama Rosa y la otra Clarisa. Rosa tiene dieciséis años, es algo feita y para su desventura es haragana. Es muy caliente. Mi abuela no sabe que ella es muy caliente y que se baja el calzón rapidito. Cuando vengo de vacaciones ella viene a mi cuarto y jugamos el juego del macho y la hembra. Yo sé que es un pecado cogerse a una tía lejana, pero no es mi culpa ni tampoco la de ella. El diablo es muy tentador. Clarisa tiene quince años, es algo simpática y para su suerte es hacendosa. Es santurrona. Mi abuela dice que ella es un ángel terrenal y la apoya en su empeño de convertirse en monja. Clarisa ingresará a un convento después que termine su bachillerato. Rosa y Clarisa no se llevan bien, se soportan; en la casa de mi abuela cada una de ellas hace su propia vida. Clarisa sabe que Rosa es muy caliente y que se baja el calzón rapidito, pero no se lo cuenta a mi abuela. Rosa sabe que Clarisa nunca le dirá algo sobre ella a mi abuela, pues la tiene en sus manos: Clarisa es cleptómana. Yo tengo una buena relación con las dos.

Mi abuela no va a la finca los días domingos, el domingo es un día sagrado. Los días domingos ella va a la catedral a oír la misa de la mañana y cuando regresa a casa viene acompañada de algunas de las mujeres e hijos de sus peones. El día domingo la casa de mi abuela es un alboroto. Los peones acompañados de sus familias que vienen a la ciudad a oír misa en la catedral o a hacer algunas compras la pasan visitando: en la casa de mi abuela ellos tienen su almuerzo asegurado y un lugar para reposar. Mi abuela los atiende muy bien. Ese día la empleada y las dos sobrinas de mi abuela se levantan tempranísimo a preparar la comida para los visitantes. Es un día terrible para ellas, pues no solamente preparan la comida, sino que deben atender a todita la peonada y sus familiares y cuando ellos ya se han retirado tienen que lavar los cerros de platos y vasos y limpiar la casa. Rosa maldice los días domingos, su único consuelo es pensar que con el trabajo de los días domingos ella paga una cuota de sus pecados de la semana.

Mi abuela no sabe cocinar: cocina demasiado grasoso. En general ella no cocina, mas si llego de visita ella cocina en mi honor. Me es difícil convencerla que no cocine en mi honor. A mí me gusta como cocina la santurrona de Clarisa. Le digo a mi abuela que mejor ocupemos el tiempo en conversar o ir a la finca o en alguna otra actividad y que dejemos a Clarisa cocinar.

A ella no le agrada ocupar su tiempo en la cocina y siempre accede rapidísimamente a mi propuesta. Mi abuela me ha dicho que cuando ella se muera la finca y la casa en Estelí pasarán a mi poder. Yo no tengo ningún interés en la casa y la finca, pero no se lo digo a ella para no agraviarla. Ella afirma que yo soy el vivo retrato de su difunto esposo. En su casa yo soy tratado como un rey. Mi abuela nunca trató a mi padre como un rey. Mi padre sabe que mi abuela me trata como un rey y sé que padece de celos, sin embargo oculta sutilmente sus celos. Mi abuela disfruta en atenderme y contarme sus cuentos y la historia de la familia. Yo sé la historia de la familia mejor que mi padre. Lo que mi padre sabe de la historia de la familia son retazos: la mayoría de esos retazos los ha escuchado de boca de otros familiares y no de su madre. Mi abuela dice que su abuelo fue un abogado de nombre y ex-presidente de Costa Rica. Emigró a Nicaragua al ser derrocado y se refugió en San Fernando. Eso fue en el siglo pasado. Los viejos libros de abogacía de ese Calderón están aún en poder de mi abuela.


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