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México en miniatura*

Autor:  |  Sommer 1993

Los siguientes dos ensayos son aportaciones de la novelista argentina Tununa Mercado, quien el pasado mes de mayo dio una conferencia en la Universidad de Leipzig.

Si desde un punto distante de México evocáramos lo particular de su espacio, la imagen que aparecería sería un vasto escenario de ruinas, zócalos que no ahorran perímetro, estatuaria gigantesca, pinturas murales. Sólo después, aquietada la exaltación ante lo grandioso, sería posible reducir las escalas hasta llegar a la medida humana. Sin embargo, paradójicamente, acaso en ningún país se perciba con tanta intensidad como en México la dimensión estética de lo pequeño, y aun de lo nimio, como si el trasfondo monumental necesitara ser compensado con la tenue filigrana trabajada en una joya, en un bordado, en un pan de azúcares o en la propia piedra de una estela. Lo grande y lo pequeño: se diría que hablamos de una variedad, de un registro que sólo responde a la necesidad de abarcar expresiones diferentes. Pero la idea crece aún más si pensamos en términos de equilibrio. Existe una visión del mundo que asume la totalidad: de ida y de vuelta capta y plasma en obra tanto la colosal cabeza de los dioses como la mínima escultura en una cabeza de alfiler, tanto el atlante de Tula como el monograma minúsculo de un bordado de ilusión.

Esa armonía, legada desde antiguo, apenas necesita de un ligero empujón para echar a andar su vaivén y convertirse en una manera de ver y de hacer, en suma en una estética, tal vez la única y más propiamente mexicana para resistir la desagregación posthispánica y, por qué no extenderlo: para enfrentar la desintegración posmoderna actual. México la tiene consustanciada en su gente y no hace falta ir demasiado alto ni demasiado lejos para que se revele a los ojos, basta salir a la calle más próxima para encontrarla en la pirámide de los aguacates, en la flor esculpida sobre un mango, en el arreglo de los chiles secos en catedral y hasta en el reborde de unos sopes azules, dique para la cebolla, gran señora, y su corte de salsa aculantrada y crema o queso a elección.

Alfonso Reyes homologó en sus Memorias de cocina y bodega la arquitectura, la pintura, la alfarería, las pequeñas industrias, y el saber culinario, en el cual llegó a discernir una suerte de categoría que le permitió entender otros niveles estructurales: “Y se me ocurre que la manera de picar la almendra y triturar el maíz tiene mucho que ver con la tendencia a despedazar o ‘minia-turizar’ los significados de las palabras mediante el uso frecuente del diminutivo.” Reflexión que también aparece en sus consideraciones sobre el mole de guajolote, “pieza de resistencia de nuestra cocina, la piedra de toque del guisar y el comer, y negarse al mole casi puede considerarse como una traición a la patria”, para marcar la dialéctica entre lo grande y lo pequeño: “¡Solemne túmulo del pavo, envuelto en su salsa roja-oscura, y ostentando en la bandeja blanca y azul de fábrica poblana por aquellos brazos redondos, color de cacao de una inmensa Ceres indígena, sobre un festín silvestre de guerrilleros que lucen sombrero faldón y cinturones de balas! De menos se han hecho los mitos (…) Y he aquí que hemos trepado del diminutivo al aumentativo por la escala de una misma sensibilidad, porque es una misma la fuerza que hace vibrar los átomos y los mundos. Y esta audacia ciclópea que es el mole de guajolote – resumen de una civilización musculosa como las de Egipto y Babilonia – surge de una manipulación delicada, minuciosa, chiquita. Manos monjiles aderezan esta fiesta casi pagana. ‘¡Entre los pucheros anda el Señor!’ – dice Santa Teresa; y las monjas preparan el mole con la misma unción que dan a sus rezos.”

La compleja alquimia culinaria se produce en el interior de los conventos de monjas en La Nueva España de los siglos XVII y XVIII. La noción del tiempo allí está regida por un ritmo estricto de tareas; se desgrana, como las cuentas del rosario en la oración; se pesa, desmenuza o fragmenta como si el día fuera una vasta y concentrada receta. Josefina Muriel (Cultura femenina novohispana, UNAM 1982) establece una distribución exhaustiva del quehacer femenino en esos recintos donde sucedían muchas cosas más que la contemplación estática de Dios. “En la ciudad de México – relata – las monjas de la Concepción hacían ricas empanadas; las de San Bernardo toda clase de dulces y conservas, además de confeccionar bizcochos y tostadas para los enfermos. Las de la Encarnación eran especialistas en chicha y miel rosada. El convento de San Jerónimo, famoso por su buena cocina, al hacer la fundación del de San Lorenzo, llevó a él su tradición culinaria. En este último fueron especialidad los alfeñiques y los caramelos. Las monjas de Santa Catalina hacían toda clase de dulces y empanadas. Las de Santa Teresa (la Nueva) eran famosas por sus panes rosa o mar-quesotes, y a las capuchinas de Nuestra Señora de Guadalupe se les reconocia la elaboración del más rico chocolate de la ciudad (…) Fueron famosos los tamales cernidos de Santa Mónica, así como también las yemas reales, los alfajores, rosquillas de almendra, polvorones y jamoncillos.” ¿Acaso no perdura como modelo de alfajor aquel que encontraba un sitio en la cabeza filosófica de Sor Juana Inés de la Cruz, y en su mano que lo escribía como receta: “A una y media libra de azúcar, medio cuartillo de miel virgen, bizcocho correspondiente. Clavo, canela, pimienta poquita, ajonjolí, piñones y nuez” Y quien experimenta una vez más el alfajor advierte en ese breve texto el “estilo” ajustado, escueto, que ni siquiera se vale del verbo, y lo compara con aquel otro en el que Sor Juana se dirige al lector de manera personal, casi habiéndole al oído: “Yemas batidas como las claras y echadas en almíbar clarificada y de medio punto, ponió al fuego”; pasando al reflexivo neutro propio de la receta: “y se van sacando las hebras sobre el mar-quesote y ya que está, se le ponen sus compuestos de pasas, almendra y nuez.”

El tiempo de estas labores es específicamente femenino, de mujeres que han adquirido, por obra de la reclusión en el convento o en el hogar – impuesta unas veces y, otras, elegida voluntariamente -, la capacidad de velar también por lo pequeño, de buscar también la perfección del alfajor y el mazapán, para no hablar más que de los placeres del gusto, e incorporarse a partir de ese quehacer, al curso económico de la sociedad, en todas las latitudes y a lo largo de los siglos.

Sorprende el “discurso de la acumulación” propio de los cronistas, que crea una suerte de barroco sobrecargado y espléndido en la simple enumeración de los bienes que exalta. Artemio de Valle Arizpe describe el refrigerio que celebraban franciscanos y dominicos después de las sendas procesiones de sus Patronos, encuentro de órdenes que se llamó Topetón. Vale la pena reproducir el relato y percibir en él la superficie riquísima de los bordados del idioma que sirven para forjar la materialidad:

“Al dar las vísperas y los maitines pasaban las comunidades al amplio refectorio conventual en donde se servía el estupendo refresco. En torno a una enorme mesa tomaban asiento todos los frailes por orden de categorías. Sobre el albeante mantel de alemanisco lleno de bordados en blanco, se veía abundante plata labrada en bandejas, azafates, mancerinas, platos, bernegales, escudillas, limetas, tembladeras, y también se veía numerosa porcelana de China y de Sajonia, y abundante cristal del de pepita y del lechoso de la Granja, en vasos, jarras y garrafas; pero más que estas preciosidades de vajilla tenían un magnífico resalte los grandes platones de áurea cocada con sus incomparables cabujones de almendras y pasas, los de chongos zamoranos, los de arequipa de almendra y nuez, los de untuosas mermeladas, los de bocado real, los de leche de obispo, los de cafiroleta y cafirolonga, los de dulce de camote y piña, los de bien-me-sabe, recamados con lindos dibujos, hechos con polvo de canela, con piñones y con engranujo de colores; las enormes fuentes con alfeñiques, con delicadas frutas de almendra, con huevos reales y huevos moles, y otras más con encane-lados quesillos de almendra, con crema aterciopelada, con regalo de ángeles, con alfajores entre obleas, con bocadillos de leche, de nuez, de coco, con brillantes canelones, manzanitas y otras frutas sublimes hechas de almendra; con huevitos de faltriquera envueltos en rizados papelillos de color; con susa-mieles y mostachones ilustres, con dulces cubiertos, calabazates, chilacayo-tes, xoconochtles, acitrones translúcidos, adornados con plata y oro volador; con espejuelos de membrillo; con almendrados de azúcar, con peras tostadas o rellenas o encantilladas o borrachas; con durazno cristalizados que fulgían como joyas.

“Para quitar lo dulce de las bocas golosas y disponerlas para nuevos embates, había aguas frescas de guindas, de rosas, de limón, de naranja; agua de oro, agua divina, agua arzobispal, horchata, agraz, chicha, resolí, cinamomo, garapiña, ratafia de nebrina, de hype-ricón, de anís. Todo el copioso saber de los conventos de monjas se derramaba en aquella mesa preexcelsa. “Se servía chocolate, del famoso y fragante de tres tantos, y para despacharlo de modo conveniente había cerros de rodeos, de rosquetes, de cuchufletas, de bollos, de hojuelas, de pestiños, de selvias de Portugal, de artaletes, de melindres, de frangipán, de arrepápa-los, de escotafiés, de bizcochos envinados, de panes de la duquesa, de pasteles nevados, de tortas de natas y de las de requesón, de papelinas, de gajorros, de bizcotelas, de puchas, de panqués, de tortillas de regalo, de frágiles gaznates. Con todo esto tan exquisito para mojar no había fraile que diese un solo trago de chocolate; todos los reverendos señores lo levantaban gentilmente a puro pulso, sopa tras sopa. Era aquello una perdurable delicia, pero inocente. San Francisco de Sales ha dicho que lo que entra por la boca no daña el alma.”

Entonces: concentración de lo diverso, portento de la materia en mutaciones imprevisibles, cúmulo churrigueresco que dice en lengua barroca el prodigio de sus efectos en los sentidos y que se ofrece como forma. ¿Arte menor, arte mínimo, artesanía? ¿Sólo destreza manual, sólo agudeza para lograr la tersura justa del chocolate y la exacta densidad del almíbar? ¿Quiénes son estas artistas de lo mínimo? ¿Las hay todavía en los conventos o entre las laicas de estos finales de siglo? Una niña (¿chamula?, ¿tzeltal? ¿tzot-zil?) monta un telar de cintura minúsculo y teje en la urdimbre más breve, pero con la mayor densidad de hilos en su centimetro fructífero (esdrujulado) posible, una faja tan diminuta como sus dedos, y el desafío no tiene límites en su minucia, porque el textil que sale es de doble faz, apretado como el gobelino más exigente, perfecto en su línea, aun sin valerse de tem-pleros, y su diseño muestra dos figuras claramente definidas, una femenina y una masculina y, por si esto fuera poco, los cabos de su faja terminan en dos muñequitos, femenino y masculino unidos por la cinta del amor… La decisión artística en este caso es “mi-nimáxima”, si con este término se puede describir esta capacidad de llevar el discurso elocuente de la pareja, del juego, del transcurso (que es infinitud), de conducir toda una dialéctica y con toda la ambición que esto implica, a una simple cuenta de hilos. El prodigio: hacer (decir) lo más con lo menos.

Una salvedad: lo pequeño no es fragmentario. Una mujer condensa en su bordado un universito, y no se ve muy bien por qué no se podría desafiar a la lengua y poner en diminutivo palabra tan enorme. Pues en México todavía se puede. En algún recóndito pero no inhallable rincón de provincia, una mujer borda con su cabello en un pañuelo un mensaje amoroso, que a simple vista no se ve, o que apenas se deja ver a través de un lente de aumento. Engaño, trompe l’oeil, ilusión óptica, bordar de ilusión, es hacer pasar una realidad, el pañuelo, por otra, el pañuelo inscrito con una señal íntima, apenas susurrada, como se dicen las palabras de amor, a media voz.

El espacio en el que ella trabaja es milimétrico y no podría verse a simple vista dónde entra la aguja, ni sobre cuál hilo de lino se enrosca el cabello de quien ama – porque así tiene que ser, “cabello enamorado”-, ni si tal vez, logrando un mayor portento, ha sido entrelazado con la hebra más larga de cabello del amado, uniéndose a ella en algún punto de esa pequeña pero nada efímera eternidad. Y de esa manera, con dos bastidores, el del bordado y el que encierra una lupa, se puede llevar a cabo la labor de decir los sentimientos. Los motivos son a elección, y la mejor imagen será en primer lugar la que en la menor superficie pueda dar cuenta de la mayor cantidad de puntadas, y, en segundo lugar, la que convierta ese mérito en devoción amorosa. Si se elige bordar un monograma, las iniciales de un nombre pueden entrelazarse con las del otro; una variante sería poner cada nombre en pañuelos diferentes e intercambiarlos para llevar cada uno el del amado o amada. Hay series propiamente masculinas que se han reproducido a lo largo del tiempo, como por ejemplo una herradura, la ca-becita de un caballo, un viejo Ford, y otros, femeninos, un tocador, una rosa, un gato, un cojín, un cisne, el todo siempre encerrando las letras, todavía más pequeñas, de un nombre.

Bordar con cabello es desafiar lo imposible, o sea inscribir nada menos que la ilusión, cargar el nombre, saturarlo de significaciones mediante determinados símbolos; bordar sacando hilos seria trabajar con la intención de conseguir un efecto de translucidez que oculta o muestra según la carga de puntada o de bordado en la superficie de la tela deshilada. En el primer caso apenas se ve, en el segundo, se ve a través y, en ambos, el modo es la insinuación, de nombres, de imágenes, que llaman a ser reveladas. La aguja de metal, el bastidor, las tijeras, el dedal, entre otras adquisiciones, sin olvidar los cuadernos de bordados, han de haber trastornado el mundo de las labores femeninas tanto como el azúcar conmovió la inventiva en las cocinas. Pero el deshilado que traian las españolas venía a alterar la relación trama-urdimbre y resolvía de otro modo el efecto de trabajar en haces, tomando una o varias hebras, que las indígenas lograban en el tejido, sin abandonar el telar. Para deshilados, Zacatecas. Desde la servilleta que cubre el pan o las tortillas calientes, hasta la toalla de mano que apenas seca la punta de los dedos o el pañuelo que apenas enjuga las lágrimas. Casas de provincia, con el relente poético de López Velarde, quien como nadie supo captar la leve emoción de lo pequeño para decir el más grande amor

- Suave Patria: te amo no cual mito/ sino por tu verdad de pan bendito, I como a niña que asoma por la rejal con la blusa corrida hasta la oreja/y la falda bajada hasta el huesito (..) Suave Patria: tu casa todavía/es tan grande, que el tren va por la vial como aguinaldo de juguetería – o la más alta aspiración – ser una casta pequeñez. Quien así borda, en el espacio recogido de una sala, aprovechando la luz translúcida que dejan pasar unas cortinas, tal vez sólo engalane las rejas de su propia prisión femenina, pero también reproduce en pequeño la profusión de un entorno: balcones de fleje y hierro forjado y, más que forjado, exigido para que dé de sí la mayor filigrana. Filtiré también inspirado en las piedras labradas, en el encaje de las maderas de pórticos y retablos, y en todo el barroco religioso de la ciudad.

*El título de este artículo está propuesto por la redacción


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