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Los sirvientes

Autor:  |  Herbst 1994

De mi padre aprendí el cuidadoso oficio de mantener puras las formas del extenso jardín, aunque es harto conocido que yo prefiero las sombras de las habitaciones y las riquezas de las grandes salas a este monótono y cálido exterior. Pero sé que pertenezco a la familia encargada del ala occidental del jardín y esa seguridad puede ser confortante a veces, especialmente en los días de confusión en que vivimos. Además de la nuestra, hay otras familias y cada una cuida una parte diferente de la Casa. Una familia entera, por ejemplo, dedica todas las tardes y todo su esfuerzo y respeto a brillar los pisos de la gigantesca antecámara. Otras se han consagrado al aseo de esos compartimientos largos y fríos que llaman pasillos o salas de estar tan enormes que una familia podría ser feliz y multiplicarse sin miedo en ellas, y a sus continuadores nunca les faltaría de que ocuparse. No sé de números ni medidas, así que no puedo decir con certeza cuantos somos, ni describir el tamaño de la Casa, que es inmensa y del color de la inmediata arena.

Vivimos con intensidad cada una de nuestras minúsculas obligaciones y envidiamos a los que con honor disfrutan de gravez o espinosas tareas. Por el día distraemos la mente de complicados pensamientos y sólo atendemos las cosas relacionadas con nuestra morada material. Por las noches le tememos a nuestra incontenible fertilidad, a tener que compartir con otros las ya diezmadas labores. A veces este justificado temor nos lleva a vesánicas acciones, la más común de las cuales es la inocente ejecución de los familiares más dispensables. Las mañanas que preceden a esas inmolaciones son calladas y devotas, y en ellas los ancianos se abstienen del trabajo y los jóvenes consideran los beneficios exactos de la sobrevivencia. No hay jefe de familia que no recuerde anteriores e inmejorables tiempos, cuando todas las tareas eran dificultosas y no había tantas demarcaciones que restringieran el movimiento. No había acciones particulares entonces, y los hombres no se apoderaban con exclusividad de ésta o aquélla faena, sino que todos aprendían por igual las delicias de la cocina y las desesperaciones de los establos. El tiempo y la sobrepoblación han hecho de la especialización una necesidad, y del antes reprochable confinamiento humano a una región, una condición casi natural. No es curioso que ante este monopolio de actividades hayamos contestado con un afán por la perfección que es sagrado ahora y que ha favorecido la creación de rituales útiles y nos ha salvado del aburrimiento. Puedo así vanagloriarme de que me toma todas las mañanas de un mes lograr la simétrica forma de uno de mis arbustos. Esfuerzo sólo comparable con la paciente labor de pulir los candelabros en la posición correcta y obedeciendo el procedimiento canonizado por la familia que cuida el Salón Oriental Interior, el cual estipula, entre otras cosas, que el ejecutor debe haber gustosamente ayunado por dos días consecutivos, por lo menos, para que su percepción de los objetos vaya más allá de la meramente utilitaria.

No es de extrañar que los ancianos se asombren de lo que ellos llaman las estériles normas de nuestra generación y que puerilmente las contradigan o las ignoren por completo. Alegan que tal rigidez perturba las funciones naturales del cuerpo y desgata las virtudes del alma. La prueba (insisten) son los devastadores vicios demostrados por unos cuantos parias, cuyas infieles acciones siempre terminan arruinando algunas obras de probado valor. Son casos excepcionales, pero la verdad es que estos alterados seres usualmente presentan los mismos síntomas externos de la insania. Por suerte acaban muriendo a causa de accidentes casi ridículos que, sin razón alguna, muchos atribuyen a nuestra Justicia. No es inusual encontrar sus molestosos cuerpos mutilados colgando de algún antepecho o extrañamente enroscados en una de las columnas mayores. Los que defienden la formación vigente sugieren que estos sucesos no son el resultado de los rigores del orden sino de la acidia, que como es sabido descompone con gran facilidad las facultades del entendimiento y desconcierta el movimiento de las extremidades.

Quizá nuestra ventajosa organización no sea incorruptible, pero no se puede negar que su loable efecto ha sido la progresiva eliminación de nuestra capacidad imaginativa. Es bien sabido que fue cierto desusado empleo de esa destreza lo que llevo a nuestros antecesores a aceptar como naturales los actos más infértiles y a perseguir con una resolución nunca antes vista los más extraños razonamientos. Así, les pareció normal pensar que los únicos ocupantes de la Casa fuesen también sus únicos propietarios y que tenían el derecho de venderla (máxima prueba de que se posee algo) si así lo deseaban. Por supuesto, la Casa nunca fue vendida. Y no es difícil razonar que los intentos de venderla acabaron frustrados por la ignorancia de sus habitantes de los viles procedimientos necesarios. De niño, una de las historias de la Casa que más me divertía era aquella acerca de la gente del exterior que, habiendo escuchado que el alto y claro edificio estaba a la venta, en una ocasión se llegaron hasta sus grandes puertas con la intención de adquirirlo. Pero era tal la ineptitud y la soberbia de los ocupantes de la Casa en aquel tiempo, que para no admitir que no sabían lo que era el título de propiedad que los visitantes pedían ver con insistencia, encontraban mil excusas para no consumar la venta. Si los visitantes contaban con las riquezas necesarias, los de la Casa lamentaban que les faltara firmeza de ánimo. Si mostraban una sorprendente rectitud, se les reprochaba su desigual vestidura. Los niños convertíamos el cuento en un entretenido juego en el cual los Vendedores debían inventar cada vez más extravagantes subterfugios para eludir a los infatigables Compradores, y así se continuaba hasta que el atardecer nos obligaba a suspender las negociaciones.

Pero no hay duda que a pesar de nuestra severa disposición del tiempo y de las ásperas leyes contra la pereza, ha sido mi época la que ha visto aparecer los más complejos desórdenes. Y todo se lo debemos a un hombre que antes era virtuoso y prudente, y ahora desorienta a menores y ancianos con defectuosas narraciones de orígenes y finalidades. Sus armas son la lógica y la deducción, y esas armas nos son desconocidas. Supone este hombre que nuestra casa tenía un amo (porque alguien debe haberla gobernado, dice él, porque alguien debe haber levantado sus blancos muros) y que este amo ocasionalmente emprendía espléndidos viajes por inacabables tierras, y puede que a veces hasta se demorara un poco por alguna obligación sobre la cual sólo podemos conjeturar. Con intolerable inteligencia describe las difíciles proyecciones y los diestros arreglos que aquel dueño realizaba antes de cada travesía. Una de estas planificaciones se supone que explique la abundante variedad de provisiones que desde que todos tienen memoria arriban sin falta a la Casa cada sábado por la tarde. Pero quizá su mayor atrevimiento sea proponer con asombrosa seriedad la existencia de unas instrucciones metódicas y veraces, pero perdidas desde hace tiempo, que nos fueron dejadas para que nunca se nos olvidara como atender la Casa. Con obvia ironia le he dicho que ya que nuestro amo era tan sabio de seguro esas leyes incluían cláusulas sobre como lidiar con despacibles bodegas, con sótanos ominosos y anegados, y hasta con casos de pequeños fámulos perezosos (así nos llama él) escondidos en inexpugnables áticos. Pero ni la tradición, ni la burla, ni la escasez de pruebas lo detiene. Tiene la molestosa seguridad que si penetráramos en una de las alcobas que generaciones han pronunciado sagradas encontraríamos las previsoras instrucciones. Tal es su intemperancia y su ingenio, y es así como oscurece aún más las cosas que ya exceden nuestro entendimiento.

No es fácil extraer las ideas simples de sus medidas aunque exóticas exposiciones, ni adivinar la amplitud o la perversidad de su afecto. Muchas veces comienza a hablar con la felicidad del proscripto que regresa del destierro trayendo buenas nuevas sobre como mejorar nuestras vidas y luego termina, sin notar la incongruencia de sus palabras, acusándonos de traidores y decidiosos por no haber permanecido fieles a las reglas primarias ni tampoco haber resuelto adueñarnos de la Casa. He oído decir que lo van a arrestar mañana y que se le acusa de haber inducido a los dos únicos herederos de una antigua familia a perderse por las largas selvas y los bajos ríos del exterior en busca del amo, o en su ausencia, de uno de los descendientes del amo. No sé si es cierto, pero si lo es, sé que sufrirá espléndidos castigos que le parecerán la muerte, y sé que sobrevivirá a muchas muertes antes de aparecer una mañana finalmente colgando de algún alero. Pero el daño ya está hecho y las torturas no servirán de nada. Hace tiempo que observo a quienes antes eran los más diligentes y meticulosos, obrar con más ligereza y hasta cierto descuido, como si algún ejercicio mental distrayera sus cuerpos. He visto a mi propio padre, insuperable maestro de rebuscados métodos, dejar la poda de un pequeño arbusto a medias mientras fijaba su ilusionada mirada allá lejos, en ese lugar por donde se oculta el blanco sol. El desconcierto es general y contagioso, y cada día que pasa lucho por no desatender mis obligaciones, por no ceder ante el deseo de ponerme, como tantos otros, a buscar en la lejana verdura signos de una admirable caravana que por fin regresa a casa.


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