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La verdad absoluta

Autor:  |  Frühjahr 1995

“Arrivée de toujours tú t’en iras partout”
Arthur Rimbaud
a Guille

HABÍA UNA VEZ un muchacho que encontró la Verdad Absoluta. (Las circunstancias del hallazgo son prescindibles. Lo mismo puede haber sucedido en una de las selvas fantasmas del Aduanero Rousseau que en Zoé, ciudad invisible de las posibilidades infinitas).
Caminando hacia su casa, con la Verdad Absoluta en su poder, el muchacho recordaba las tantas veces que había dudado de su existencia. Los escritos que abordaban el tema se consideraban literatura meramente especulativa. Las personas que defendían la idea de que pudiera existir una Verdad Absoluta eran tildadas de coproparleras. Sólo unos pocos aseguraban conocerla o haberla poseído alguna vez y estos eran incapaces de explicar con objetividad en qué consistía. Un esteta neokantiano la relacionaba con el haber escuchado cierta tarde el risueñor Teócrito. Un Magister Musicae decía haberla obsequiado a su pupilo, el cual vivía en una especie de provincia llamada Castalia. Nunca, ni en el más detallado mapamundi, pudo hallarse el lugar mencionado. Un niño sostenía, con la terquedad característica de sus pocos años, que la Verdad Absoluta eran tres gráciles muñequi-tas que no existían sino en sus sueños pues las habían devorado el fuego una noche fatal, en la vidriera de la tienda de un anticuario.

Fuego era también el que quemaba su boca. Tenía la sensación de vagar por un desierto bajo la luz de agosto y entre palmeras salvajes. Pidió algo refrescante para tomar. Apuró la taza de un sorbo y degustó en sus papilas el frescor de una magdalena humedecida en té. De repente se percató que por ese rumbo no se iba a su casa y se preguntó dónde estaba. Se encontraba en la zona prístina de la ciudad, abarrotada de cafés con toldos a listas, de plazas encandilantes y palacios de piedra gris. El día padecía un calor insoportable que aumentaba por minutos. Lógico —pensó— es domingo. El primer día de la semana era siempre igual. Las calles con pocas personas y una humedad bochornosa que parecía detener el paso del tiempo. Sin embargo, este domingo se le figuró algo diferente a los demás. No sólo porque tenía la Verdad Absoluta, sino porque también esta zona —que él recorría a menudo— estaba menos frecuentada que de costumbre. Llevaba un buen rato sentado allí y sólo había visto pasar un hombre, caminando de un modo raro, con andares de perseguido. Lo achacó al tiempo. Con un clima así lo más aconsejable era estar en casa.

La idea de marcharse a casa levitó unos segundos en su mente. Por ella pagó la cuenta pero al salir del café la desechó. Debía definir lo que haría con la Verdad Absoluta y en su casa no tendría la tranquilidad que necesitaba.

Sin ruta precisa comenzó a dar vueltas por las calles cercanas al lugar donde se hallaba hasta que, cansado de atravesar una y otra vez los mismos sitios, se detuvo ante un jardín que bifurcaba la calle en dos estrechos senderos. Por uno desembocaría en la Calzada de Jesús del Monte; el otro lo llevaría por el camino de Swann. Estaba indeciso, sin saber por cuál tomar. Frente a la Verdad Absoluta tenía igualmente dos opciones. Una era darla a conocer a todos, demostrar que existía pues podía probarlo. La otra era no comentar su hallazgo, disfrutarlo él solo y utilizarlo en su provecho. Aunque no se consideraba escolista y, por ello, tampoco aspiraba a demiurgo, se decidió por la segunda opción. Nada o bien poco ganaba en dar publicidad a lo que poseía porque si hasta ese momento nadie creía posible la existencia de la Verdad Absoluta, a partir de ahora se dudaría de la autenticidad de su descubrimiento.

Tomó por la callejuela que se encontraba a su siniestra. Decididamente este domingo sucede algo raro —pensó—. A escasas cuadras del centro de la ciudad las avenidas continuaban despobladas de transeúntes. En todo el tiempo que llevaba caminando se había cruzado con no más de tres personas y varias parejas de policías que a medida en que se acercaba al centro iban siendo más numerosas. Tantos policías en las calles debía tener alguna razón. Probablemente estaban a la caza de ese ex-estudiante de derecho que, según los diarios, era el principal sospechoso del asesinato de una vieja usurera.

Dobló por un paraje oscuro con la intención de subir por el costado de la universidad y acortar así el camino hacia su casa. Andando por ahí, por esas calles, divisó a un grupo de policías que conversaban animados y que callaron al notar sus pisadas, observándolo con detenimiento mientras pasaba. El siguió de largo, sin mirarlos siquiera para evitar choques desagradables. Estaba cansado y hambriento. Por debajo de su chaqueta empezaba a colocarse un aire frío. Las temperaturas descendían con rapidez. Sus botas mostraban restos de escarcha; desde donde estaba veía caer la nieve sobra la montaña Mágica, vigía en las afueras de la ciudad.

Ya cerca de la universidad escuchó un tañer de campanas y se preguntó extrañado por qué doblaban. No era costumbre oír campanas en la ciudad. Detrás de él sonaron pasos. Presintió que era seguido y apresuró la marcha. Torció a la derecha. Atravesó un parque caminando sobre el césped con precaución para que no se escucharan los pasos en la hierba. Salió a la explanada universitaria.

La plazoleta se encontraba silenciosa pero no vacía. En ella dormitaban aparcados varios carros de bomberos, pequeños grupos de soldados custodiaban el recinto. Sólo entonces cayó en cuenta del por qué de las campanas y el inquietante mutismo citadino. Desde el día anterior el gobierno había decretado el toque de queda a partir de las dieciocho horas por motines estudiantiles en los institutos de estudios superiores. Ya eran pasadas las seis y él, con la mente ocupada en la Verdad Absoluta, no lo había recordado.

Intentó tomar otro rumbo pero ya lo habían visto. Dos hombres vestidos de civil se dirigían hacia él. Creyó que lo mejor era ir adonde ellos para desconcertarlos.

Se presentaron como agentes de la policía secreta. Uno era bajito y rechocho. El otro alto, delgado y lucía una extravagante gorra a cuadros. Este le pidió su identificación.

—¿Estudiante?

El muchacho asintió.

—¿Universitario?

Asintió nuevamente.

Elemental, agregó al tiempo que saboreaba la boquilla de su flamante pipa.

Le ordenaron colocarse cara a la pared y poner las manos sobre la nuca. Unos dedos huesudos requisaron con minucia sus bolsillos. Pensó que no tenía razón alguna para temer. Lo único que llevaba encima era la Verdad Absoluta.

Al volverse vio que el aspecto de los agentes había cambiado. Los observó mientras ellos trataban de descifrar algo que al paracer le habían extraído de su bolsillo y que él supuso sería la Verdad Absoluta. Sus cabezas estaban cubiertas por cascos de acero; los pectorales ceñidos por chalecos antibalas. Portaban además relucientes ametralladoras.

De espaldas a él detallaban con evidente asombro lo que tenían en sus manos. Se preguntó si realmente le habrían encontrado algo encima. No notaba nada extraño en sus bolsillos; ni siquiera podía precisar la ausencia de algún objeto en ellos. Tuvo la idea de comprobar si algo le falta pero no lo hizo. De hacerlo pensarían que escondía alguna cosa. Quizás sólo trataban de amedrentarlo para obtener cualquier tipo de información. Uno de los agentes se volvió con la mano derecha cerrada y le exigió una explicación de “qué cosa era aquello”. El muchacho se encogió de hombros. Desconocía lo que aquel hombre tenía en su mano y si lo que guardaba en ella —suponiendo que en realidad tuviera algo— era la Verdad Absoluta: ¿Cómo podría explicarle “qué cosa era” si aún nadie había podido definirla con certeza?

Al ver que el muchacho no respondía se alejaron unos metros y conversaron en voz baja por espacio de diez minutos. Al regresar le dijeron que se fuera y que si volvían a verlo por allí lo detendrían.

El muchacho tendía una mano hacia el puño apretado del agente.

—No. Con esto nos quedamos nosotros, ya que tú no sabes o no quieres decirnos qué cosa es, nos pertenece. Puede ser un mensaje en clave o algún tipo de arma terrorista para luchar contra el gobierno. Alégrate de que no vas a hacernos compañía. Circula, circula.

El se mantuvo en el mismo lugar iniciando un reto. Ellos recrudecieron la mirada, amenazando. Entonces dudo si valía la pena ser apresado y torturado por la ambición de tener la Verdad Absoluta, que para él significaba estar en posesión del conocimiento total. Por qué jugarse la suerte si tal vez los agentes no tenían nada en sus manos. Podía estar siendo engañado, utilizado como un juguete para el aburrimiento de dos hombres. Era mejor irse lo antes posible. Bastante bien salí —pensó.

Se alejó caminando rápidamente pero otra vez fue atacado por la duda. Si le habían ocupado la Verdad Absoluta nunca se perdonaría el haberla perdido. Pero si no era la Verdad Absoluta lo que guardaban qué cosa era, por qué no se lo devolvían. Seguro sabían algo que podría comprometerlo. Tenía que inventar algún pretexto, alguna mentira convincente para que le fuera devuelto lo suyo.

No se le ocurría nada y decidió recuperar de cualquier forma lo que le habían quitado.

Al darse vuelta contempló un grupo de soldados reunidos alrededor de una hoguera en la que ardían cientos de libros. Los que lo habían detenido se encontraban allí también.

Iba a llamarlos cuando vio que el agente que le había hablado acercaba a la pira su mano seca y violácea como la del venerable Jorge de Burgos y dejaba caer en ella algo que él no pudo distinguir debido a la distancia.

De la hoguera se elevaba un humo negro y pequeños trozos de papel carbonizado. El muchacho, ya sin esperanzas, vislumbró depositándose sobre cornisas, balcones, techos de autos de planetas y ciudades (flotando sobre el eco de Yonapatawpha, resplandeciendo en El Dorado, diluviando sobre Macondo, sumergiéndose en la Atlántida, escondidos tras el idealismo de Tlon, Uqbar, Orbis Tertius) eso que podrían ser los restos —jirones chamuscados, espirales cenicientas— de la Verdad Absoluta.!
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Ariel Ribeaux Diago (1969, La Habana, Cuba). Licenciado en Historia del Arte. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz, organización que aglutina a los jóvenes artistas y escritores cubanos. El cuento La verdad Absoluta obtuvo mención en el Concurso Anual de la Revista Revolución y Cultura 1994, una de las revistas culturales más importante de Cuba.


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