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Historia de lejos

Autor:  |  Sommer 1995

Por Dios les digo que ya no caminen, que no vayan allá lejos, rumbo a Las Tierras Blancas. Los vengo mirando desde hace rato, desde que cruzaron el Río Mésate. Se metieron por las piedritas, todos llenos de miedo, no me digan que no. Luego se vinieron por el Cerro Jorobado, dando hartas vueltas porque no se saben los atajos. Si todo lo acabo de ver desde esta vuelta del camino. Seguro vienen de Juipila. Aluego se les ve que no son de por acá. Yo con verles la cara ya sé de dónde son: ustedes de Colilla y ustedes otros de Atencingo. Con puro verles la cara.

Se me figura que tienen harta prisa por llegar, como si con mucho madrugar fuera a amanecer más temprano. Mejor quédense conmigo a oír consejo, no vaya a ser que ni sepan a dónde se encaminan. Siéntense ahí donde el encino y pongan atención, como la gente de por aquí que ya me conoce bien, y si no me creen pues nomás pregunten por Tanasio Meza, servidor de sus mercedes.

Quién iba a esperar que se vinieran tan duras las lluvias, como si se anduviera acabando el mundo. Nomás llover y llover, y el cielo todo encapotado que ni el sol quería salir. Cuando se vienen así las cosas ni quien se pare, ni quien grite ni llore. Nomás se la pasa uno en el Padrenuestro, con el alma pelona y toda de fuera. ¿Qué habré hecho de malo? ¿En qué habré ofendido al creador? dice uno. Se ponen por un lado las faltas chiquitas y por otro las grandes, y entonces las chiquitas se afiguran pecados capitales y las grandes… las grandes se atoran en la garganta, como si se las fuera uno a tragar y no pudiera.

Esto ustedes no lo han de saber, porque están chamacos y se ven gente buena. Pero pues uno a esta edad ya no puede con eso que nombran conciencia, como si pesara mucho a la hora de cargar los muertos que se traen debiendo desde hace tantos años, esos que se aparecen a oscuras detrás de los pirules, a la hora mala, apuntándole a uno con el dedo como para decir “te tardaste, pero ora sí te vienes con nosotros”. Y ni modo de que se olviden las culpas enmedio de estas desgracias ¿Qué queda, pues? Nomás apaciguarse, arrepentirse de veras y esperar lo que venga con los ojos así de grandotes.

Yo creo que fue la noche del 15 de noviembre, antes de que madrugara. Había llovido toda la semana, desde temprano, hasta que oscurecía. Y nadie sabía qué hacer, si llorar por la milpa toda podrida, que ni modo de querer salvarla, o mejor meterse a la Fiesta de San Juan.

Figúrense nomás la pobre gente. Seguro había jolgorio donde los Nava. Si me acuerdo que hasta llegué a jugar gallos en el palenque de Don Pedro. O donde los Acosta. Don Panfilo seguro anduvo con la botella en la mano de mesa en mesa, de chisme en chisme hasta acabar en el suelo, dormido de tan borracho. Don Panfilo, y Don Andrés; Don Sancho y hasta el chamaco Huscaño, y así me la podría pasar hasta nombrar a todo el pueblo.

Así sucede luego, que Dios da como un aviso, una última oportunidad para que la gente se divierta antes de llevársela pa’l cielo. Y qué alegres los de Tierras Blancas, la mera verdad. Va uno a Juipila, armando tamaño borlote, a veces hasta cantando y alueguito dicen: “Ese es del mero Tierras Blancas”. Cuando sale uno de Colilla le dicen: ¿A dónde vas, paisano? Allá lejos —responde uno— y ya todos saben que va con rumbo a Las Tierras Blancas, que todos nombran La Tierra de Lejos.

La genle de lejos iba a vender morrales, o luego hasla rebozos y enaguas a Juipila. Por algo han de lener fama sus tejedoras. Es genle bien alia, bien alborolada pero de buena ley. Pero a lo que más le saben es al máchele. Aquí nadie se le pone a uno de allá lejos. Lo iraen bien filoso, como si no se les gaslara con loda la caña que nimban. Cuando le ponen mano, es como decirle a uno: “Aquí te caíste muerto”.

Quesque hartos héroes han dado Las Tierras Blancas, yo ni sé. Lo que sí me viene a la memoria es la plaza de los domingos, loda llena de genle, de vendimias y de árboles, esos laureles así de allos y bien dados que plantaron hace como cien años los que llegaron primero.

Me llegaron a buscar una noche antes. Me hallaron solo, porque pues mis hijos andaban todos enfieslados y yo ya no le hago al mezcal, la mera verdad. Eran unos señores de Colilla. Me dijeron que si iba a hacerles unas puertas. Les digo que por acá me conocen lodos: quesque soy buen herrero, dicen. Vayan ustedes a saber.

Yo al principio les dije que no, que no se hubieran moleslado. Que pa’ qué habían ido de lan lejos, si al cabo en Colilla lambién hay herreros. “No —me dijeron— lú eres el mero bueno y leñemos haría prisa.” Ni siquiera se lomaron el agua que les fui a convidar. “Te vamos a pagar bien” —dijo el más entrado en años—. Por eso fue que me decidí.

No crean que fue luego luego. Le anduve pensando mucho; como si una voz me dijera: “Ta nasio, te vas pa’ siempre. Despídele de lodos, al fin ya no vas a regresar”. Pero nadie, nomás la lluvia, esa lluviecila que eslá duro y duro y no se quila, nomás el agua me despidió cuando nos venimos de allá lejos.

Qué pensarían de mí los señores esos, que nomás iba volteando para airas, como para acordarme bien de las casas y las callecilas mojadas. Encima me llevaron en un caballo rebotado que a cada rato querían tirarme.

Cuando llegamos a Colilla luego luego le entré al trabajo, como si me anduviera persiguiendo el diablo. De que hice las puertas las hice, si nadamás era cosa de ayudarles a cuatro o cinco herreros que no descansaban y de decirles cómo iban las barretas, dónde las florecitas y las hojas de fierro negro. Pero trabajaba yo como sin tiento, como queriendo volverme a mi tierra a cada martillazo que daba.

En acabando las puertas, lueguito de que me pagaron, me dicen: “Quédate, no ves la lluvia”. Tengo que llegar, de veras —les respondo—. Y sí, como que ya sabía que iba a pasar algo, como cuando a uno le late aprisa el corazón, todo desazonado y sin saber por qué. Este es el camino para Las Tierras Blancas. Mírenlo bien. El Mal Camino, que le nombran. Pero pos se me afigura que ustedes no habían venido, y entonces más les vale parar oreja. Tiene uno que irse con harto tiento. Chico pedrerío se van a encontrar, que cuando acuerdan ya andan caminando con las puras plantas de los pies, de tan filosos que están los pedregones. ¿A poco creen que es pura casualidad que aquí no se pueda entrar en carro? Aquí sólo en muía, verdad de Dios, y a veces ni eso.

Tierras Blancas todavía queda bien lejos. Se han de hacer de aquí como cinco horas, y eso a buen paso. Pos ahí me tienen de vuelta, caminando recio con la lluviecita encima, queriendo ver las torres de la iglesia nomás al terminarse la cañada, las casitas de tejas rojas a cada bajadita del camino. ¿Quién de ustedes conoció la Presa de los Remedios? Quesque la hicieron cuando Don Porfirio, vayan ustedes a saber. Pero ya ni modo de averiguarlo.

Me acuerdo que las piedras estaban bien resbalosas y que me caía a cada rato, como siete o hasta ocho veces habrán sido. En una de esas hasta se me rompió el bordón, y entonces tomé un palo de fresno; hasta las manos se me despellejaban con los zapotazos. También estuve a un tantito así de morirme, y entonces ustedes no me hubieran conocido. Ya vieron cómo anda de crecido el Mésate. Pos eso no es nada. Más adelante está el Caliso. Nomás veo la crecida, y cómo traía de troncos. Todavía ahorita no le hallo a cómo pude pasarme al otro lado. Lo que es la voluntad. Total, hartas caídas y porrazos, yo mojado hasta las raíces y el camino que se alargaba, como si no se fuera a acabar.

Les digo de veras que no vayan a Las Tierras Blancas porque no hay nada que ver ni modo de llegar. ¿Qué caso tiene que vayan a ver las pobres ruinas de mi tierra?

Cuando llegué ya era muy tarde y se había parado la lluvia. Me salió al paso una laguna, una tira de agua espesa y bien oscura, llena de cachos de madera. Una agua verde donde iba a terminar el camino. Nomás pude ver las cruces de las torres que tiene la iglesia, esas cruces negras y benditas que yo mismo forjé con estas manos. ¿Qué andaría yo haciendo cuando se reventó la Presa? ¿En qué andaría yo pensando?

Le llamaban al pueblo Las Tierras Blancas porque así era la tierra de junto: una tierra blanca y fina donde no se podía sembrar nada porque no se daba la cosecha. Le nombraban también La Cuenca, porque estaba como metido en un hoyo entre las montañas, el Cerro Pelón y la Grupa. Y ahí mero fue a dar el agua, a cubrir todas las calles y las casas, la plaza y el Palacio de Gobierno. A cubrir a mi gente.

Dios sabe por qué hace lo que hace. Ora tengo que cargar con muchos muertos: los que hice de joven y los que tengo de viejo, mi mujer y los hijos. Todos los hijos menos uno.

Le nombraban al pueblo Las Tierras Blancas. Unas tierras limpias y ligeritas que llegaban hasta el cerro. Ahí fue donde me encontré a Felipe, el mayor. Estaba agachado y no le quise decir nada. Me esperé a que se quitara el sombrero y entonces vi que estaba tragando, moliendo con los dientes muchas veces, como lo hacen las vacas. Querían salírsele las lágrimas, pero se aguantaba. Yo me puse a pensar que qué andaría comiendo, si toda la milpa se había perdido, si las trojes se habían llenado de agua, si apenitas y había salvado la vida con ese brazo suyo, el derecho, todo roto y sangrando, colgándole sin fuerzas. Con el brazo bueno tenía bien trabado a Gabriel mi nieto, no fuera a ser como los pajaritos que se echan luego a volar. Pero no, pos Gabrielito ya no podía echarse al aire. Pobre de mi hijo Felipe, cobijando al chiquito muerto, que traía los hojos bien cerrados, como si acabara de nacer y todavía no se hubiera despertado.

Ahí estaba mi hijo gritándome: “Véngase, mi apa, pa’ que no tenga hambre”. Miraba las torres de la iglesia, miraba el agua y me decía: “¿Dónde andaba, apa? Se reventó la presa”. Todavía creo que le pregunté, todo atontado “¿Cuál presa?” como si hubiera habido otra aparte de la de Los Remedios. ¿Dónde andan todos? —le dije también—. Nomás me miró con esos ojos suyos llenos de tristeza, y luego luego volvió a lo suyo.

Y es que estaba tragando. Estaba tragándose la tierra, con todo y las pocas hierbitas que tenía. Se llenaba la boca como si estuviera muy buena, como si estuviera bien dulce, Felipe al que siempre le había gustado el piloncillo. Estaba tragándose las Tierras Blancas.

Por Dios les digo que ya no caminen. Que mejor les digan a los de Colilla, a los de Juipila y a los de Atencingo, que no vayan. Que así estamos bien. Que al cabo y la tierra sobra, y se puede comer. Que al cabo y nomás quedamos dos, díganles, estamos esperando que baje el agua, para enterrar a nuestros muertos, a los muertos de allá lejos. A los de Las Tierras Blancas.

Extraído del Suplemento de Siempre!
LA CULTURA EN MÉXICO,
Núm. 2098, 8 de septiembre de 1993, p. 54.


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