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El oro y el veneo

Autor:  |  Winter 2001

El poeta William Ospina se pregunta ¿por que los Estados Unidos, un pueblo tan bien educado, hijo de religiones tan profundamente éticas, lleno de recursos y gobernado por una legalidad tan severa, sucumbe al racismo, a la drogadicción, al alcoholismo, al armamentismo?

Han usurpado sólo para sí el nombre de América, pero allí todos los nativos de América fueron exterminados. Creen en la democracia, pero só1o dentro de sus fronteras. Arrebataron el rayo al cielo y el cetro a los tiranos; ahora administran el rayo y tiranizan al mundo. Han puesto a volar ilustres palabras sobre nuestras frentes: Libertad, Democracia, Prosperidad, Justicia… pero apoyan la opresión, las plutocracias, la rapiña de los mercados, los ejércitos torturadores. Faltos de pasado, han decidido comprarse el futuro. Son el país más dócil, la opinión pública más frívola, el imperio más arrogante.
Y sin embargo yo no puedo odiar a los Estados Unidos. Cuando apenas alboreaba el optimismo industrial, Edgar Allan Poe pasó borracho por sus nieblas matinales dejando en el viento una estela de horror y de música, que nos ha enseñado a todos a ser más lúcidos y más valientes. Cuando empezaba este culto moderno por todo lo que sabemos hacer, Walt Whitman alzó un canto sublime a todo lo que recibimos, y se esforzó por ser el último indio del Norte, o el primer blanco capaz de sentir como un indio. Después vinieron legiones de genios, de soñadores, de artífices, y sobre el eco remoto de los estampidos de los rifles que iban derribando bisontes y hombres en los desiertos del oeste, se alzó la voz de Emily Dickinson, quien, como ha dicho Harold Bloom, volvió a pensarlo todo por sí misma, y escribió la más exquisita poesía femenina de la historia.

Es la tierra de Hawthorne y de Emerson; nos han dado la sencillez de Thoreau y la furia de la ballena blanca, el humor festivo de Mark Twain y las travesuras inolvidables de Huckleberry Finn; es la tierra de los epitafios conmovedores de Edgar Lee Masters, de las novelas mulatas y torrenciales de Faulkner, de las audacias mentales de Gore Vidal, de la noble mirada humana de Sinclair Lewis; es la tierra de Eliot, de Pound , de Wallace Stevens. La tierra acogedora de Von Stemberg, de Louis Armstrong, de Czeslav Milosz, de Elia Kazán.

Tanta música, tanta poesía, tanta inteligencia, tanta imaginación, no pueden ser odiadas. No puede ser odiado el fluir del río Sacramento, ni las colinas espinosas de California, ni la felicidad de las calles de San Francisco, ni la turbulencia babilónica de Manhattan al atardecer, cuando se abre la flor de humo de los respiraderos subterráneos y se encienden en el cielo las torres doradas. No puede ser odiado el paso receloso de las carretas de los Amish de Lancaster, ni la voz dulce y turbia de los cantantes de jazz sobre el metal de las trompetas.

Sentimos gratitud por lo que nos han dado, por las muchas cosas que inventaron y que ahora son parte de nuestra vida diaria; sólo podemos lamentar que su orgullo no les permita ver lo que hay más allá de sus fronteras; que no hayan podido comprender jamás a esta otra América misteriosa y profunda, que guarda millones de secretos en sus selvas y en sus montes de niebla, que está más cerca de la tierra y del origen, que ha sabido ser india y ser mestiza, y buscar su destino sin blasfemar de la naturaleza.

Les fue dada una tierra magnífica, fecunda y casi inagotable. Ellos, con su industriosidad, la hicieron rendir y prosperar. Nada les fue negado, y sin embargo crece en su seno un hastío misterioso, una soledad inmensa, una avidez maniática de cosas, una necesidad infinita de espectáculos, un ansia de excitantes cada vez más fuertes. ¿Por qué un pueblo tan bien educado, tan bien formado, hijo de religiones tan profundamente éticas, gobernado por una legalidad tan severa, acunado por la letra sagrada, por una firme ley y por abundantes recursos, sucumbe sin embargo al racismo, a la drogadicción, al alcoholismo, al armamentismo? Valdría la pena buscar una respuesta.

Consumir sustancias nocivas es apenas el ápice de esa insaciable avidez de consumo que agobia a Norteamérica. Y ese fenómeno debe ser entendido como un problema cultural, como una formidable crisis espiritual. La pregunta que hay que hacerse es ¿qué es lo que falta en el alma de esos jóvenes, qué es lo que mueve el frenesí de esos ejecutivos, qué es lo que la arrogante sociedad industrial no ha podido saciar? Pero la compleja Norteamérica prefiere volver sus ojos hacia afuera y castigar la maldad de los pobres que venden, para no tener que castigar la bondad de los ricos que compran.

En una escena de Shakespeare, un joven desesperado llega a una farmacia a comprar un veneno, y el viejo farmacéutico le dice que la ley le prohíbe venderlo. El joven le dice: «¿Estás tan pobre, tan lleno de miseria, y temes morir? En tus mejillas se ve el hambre: la necesidad y la opresión se consumen en tus ojos; el desprecio y la mendicidad cuelgan a tu espalda; el mundo no es amigo tuyo, ni la ley del mundo; el mundo no ofrece ley que te haga rico; entonces, no seas pobre, sino quebrántala, y toma esto.» El boticario le dice: «Mi pobreza, ya que no mi voluntad, consiente». El muchacho le responde: «Pago tu pobreza, no tu voluntad». Y añade: «Aquí tienes tu oro, peor veneno para las almas de los hombres, y que hace más crímenes en este mundo odioso que esos pobres compuestos que no deberías vender: te vendo veneno, tú no me has vendido ninguno.»

Es imposible decirlo mejor. ¡Pero qué van a entender estas cosas esos Estados arrogantes que trafican con armas y con secretos espías, que andan comprando o arrebatando las riquezas de los pueblos, que almacenan arsenales nucleares y que llaman inmoralidad sólo a las miserias de los otros! Esos Estados que defienden la democracia dentro de sus fronteras y financian conscientemente el horror en los demás países. El mundo no está, no estuvo nunca, en manos de la generosidad. Y ahora tal vez nuestro único deber es entendernos a nosotros mismos; no podemos esperar que los imperios nos enseñen a ser dignos.


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