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De ambulantes a magnates

Autor:  |  Frühjahr 1996

Las apretadas biografías que publicamos a continuación forma parte de la legión de rostros provincianos que hoy diseñan ese “otro lado” de Lima, la Lima productiva y comercial, de zonas como el jirón Gamarra, en La Victoria.

La venganza de Pascuala

Una tarde de agosto de 1983, Pascuala Alvarado Hualipa trepó con algún desconcierto, aturdida por aquella multitud de las escaleras, hacia una de las tiendas de las galerías Santa Lucía y compró un kilo de tela piqué y un “canuto” de hilo, para confeccionar un vestidito de niña.

Pascuala había nacido treinta y tres años atrás en Desaguadero, en el departamento de Puno. El día que fue a comprar los materiales para aquel vestidito ya vivía en la avenida Juan Velasco Alvarado, sector 2, grupo 24, manzana ,,N”, lote 09, de Villa El Salvador.

Su abuelo fue un boliviano de Tiahua-naco, al otro lado del lago Titicaca. Su abuela había nacido también en Desaguadero, a este lado del lago. Eran, naturalmente, analfabetos. Sus padres, Luis Alvarado Sarmiento y María Hualipa Ronce, nacieron en Desaguadero y tuvieron doce hijos. El padre era comerciante de ganado entre Solivia y Arequipa. Sólo sabía firmar, con letra gigante y lenta. Una de las tradicionales sequías del departamento de Puno lo obligó a aficionarse a la hierba hervida con papa y maíz. Aquel cocido adquiría un color verdoso hasta convertirse en un puré suave. Con un poco de imaginación, se lo podía llamar espinaca.

La niña Pascuala sólo estudió el primer grado. Lo repitió tres años consecutivos. Su padre, Luis Alvarado, la puso en una disyuntiva: estudiaba o se dedicaba a pastorear los carneros, llamas, alpacas, cerdos y vacunos del entonces próspero patrimonio familiar. Pascuala se hizo pastora. Su eficacia sorprendió a su propio padre. Cuando la niña cumplió los once años, Luis le entregó la increíble suma de quinientos soles. Con ellos debía empezar su propio negocio. Pero Pascuala desbarató los billetes alimentando de golosinas una infancia que se le escapaba de las manos.

El día que gastó el último sol de aquella pequeña fortuna, la vergüenza y el terror le impidieron volver a la casa. Encontró en el terminal de ómnibus de Desaguadero a una mujer que viajaba a Solivia y necesitaba una pequeña ayudante doméstica. Vivió un año en La Paz. Aunque nunca pudo ahorrar como para devolverle la vida al capital que su padre le había entregado, regresó a la casa de Desaguadero y cuando, a lo lejos, vio a su padre arreando ganado, sintió que, con la mirada, le había perdonado la vida.

Al cumplir los quince años realizó un viaje de cuarenta y ocho horas rumbo a la casa de un tío joyero en Lima. Se instaló en los Barrios Altos y durante todo el primer año extrañó penosamente su tierra y sus comidas. En Lima no había ,,himpo”, su carnero con chuno, papa y ají. Tampoco ,,chauro”, su sopa de chuño molida con trozos de carnero y hierba buena. Pero a cambio de estas extrañezas experimentó desconocidos olores: los perfumes, la brillantina con la que su tío trataba de domar sus cabellos de innegable filiación andina. Le fascinaron el sonido de los autos y las voces de los compradores de botellas y periódicos viejos, que pedaleaban lentamente sus triciclos por toda la ciudad.

Nunca le atrajo el taller de joyería de su tío. Recorrió más bien los barrios tranquilos de Miraflores y San Isidro y se enroló en una casa como empleada doméstica. La patrona vivía obsesionada con la moda. La joven Pascuala era la encargada de llevar llamativas telas a la modista para que confeccionara los vestidos de la señora, conforme a una voluminosa colección de revistas extranjeras. Fascinada por las habilidades de aquella modista, Pascuala rogó a su patrona que la matriculase en una academia de corte y confección. Se convirtió en una de las mejores alumnas del Instituto Número 2 ,,Manuela Felicia Gómez”, de La Victoria.

Poco después le sucedió lo que a tantas otras. Lo que Pascuala llamaría „un tropiezo en la vida”, significó enamorarse de un hombre que pronto la abandonó, dejándola con un hijo de pocos meses. Con el hijo entre brazos, Pascuala juró vengarse y tener más dinero que aquel pequeño empleado de una empresa extranjera que pertenecía a lo que él mismo llamaba ,,una digna clase media”.

La venganza de Pascuala comenzó muy pronto. Decidió abandonar la casa de su tío cuando los periódicos de Lima informaron que en unos arenales al sur de la ciudad, miles de personas habían realizado una invasión. Pascuala se dirigió hacia lo que muy pronto se conocería con el nombre de Villa El Salvador. Formó una larga cola bajo el sol e inscribió su lote de terreno.

Cargando a su hijo de un año de edad, conoció un taller en el distrito de Surquillo, que le encargó pequeños trabajos a domicilio. Entonces no lo sabía, pero ella era parte de una inmensa telaraña de mujeres confeccionistas. Como en sus arenales aún no se había instalado la luz eléctrica, alquiló una máquina de coser a pedal y una lámpara de kerosene. Empezó a confeccionar Cristinas para el ejército. Poco después, el dueño de aquel taller de Surquillo le propuso que a cambio de sus confecciones le proporcionaría una máquina semiindustrial. Redobló su trabajo nocturno de confección de Cristinas a la luz de aquel lamparín de kerosene y obtuvo la primera máquina de su vida. Cuando la luz eléctrica llegó a Villa El Salvador, el dueño del taller de Surquillo le dijo que ya no había más trabajo. Pero ahora tenía máquina, y también luz eléctrica.

Confeccionó aquel primer vestidito de niña con la tela comprada en la galería del jirón Camarra. Llevó el vestidito al mercado de Caquetá, donde no pasaron muchas horas hasta que se vendiera el vestido infantil. Luego, sus visitas al jirón Camarra se hicieron cada vez más frecuentes y más vestiditos en Caquetá empezaron a multiplicar sus ventas. La dueña del puesto de Caquetá que )e compraba sus vestiditos era miembro de una iglesia evangélica. Entre la fe y el comercio, Pascuala ingresó a aquello iglesia y descubrió que la fraternidad religiosa también podía multiplicar su clientela.

Entonces inició una febril actividad para confeccionar no sólo vestiditos de niña sino mandiles, polos, buzos, toda clase de prendas. Se vio obligada a formar su propia red de costureras, y mientras la red se reproducía empezó a comprar máquinas tejedoras.

Volvió a aquella galería del jirón Gamarra, pero esta vez para alquilar una tienda-taller en la que permaneció durante dos años. Allí se especializó en la confección de buzos deportivos para escolares. Luego se trasladó a otra galería ubicada en el vecino jirón Antonio Bazo y descubrió que todos sus colegas confeccionistas hablaban ayma-ra y eran púnenos. A partir de ese momento empezó a producir gruesos casacones para los fríos del Altiplano. Los casacones viajaban hacia su nativo Desaguadero.

Mientras en su nuevo local contempla su batería de máquinas remalladoras y cortadoras, sabe que nunca volverá a Desaguadero, excepto de paseo, quizá al volante del flamante automóvil que acaba de comprar. Pero siente también cuando envía los casacones a su pueblo natal, que si su padre viviera, podría decir que aquellos quinientos soles de su infancia estaban, al final, bien invertidos.

José María Salcedo

 

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Mi hijo tiene que sufrir como yo

Andrés Cerda (32 años) es microem-presario de calzado y dirigente de la Asociación de Pequeños Empresarios de Santa Luzmila y Comas (APESALCO).

Tengo casi tres años como productor de zapatillas. Cuento con un pequeño taller y dos operarios a los que les pago a destajo. La necesidad me hizo empresario. Desde niño he sido independiente. Cuando tenía 10 años mi padre se alejó de nosotros. Mi madre había muerto algunos años antes. Me quedé a cargo de una hermana mayor que era casada, pero a veces el cuñado habla por un plato de comida que te da. Comencé entonces a trabajar y a pagar mi comida.

Cuando era niño tenía la idea de ser empresario, pero en mi adolescencia me pareció imposible. Veía que los empresarios eran personas de clase alta, con estudios superiores. Pensé entonces que yo sólo podía ser un simple trabajador dependiente, un obrero.

En mi adolescencia no tenía una meta clara, ni nadie que me aconsejara. Tras concluir la secundaria me presenté a derecho y a medicina, pero no ingresé. Me matriculé en CESCA para estudiar contabilidad, pero no concluí porque tenía que trabajar. También llevé antes un poco de electrónica. Ingresé a trabajar a construcción civil y a una tintorería, pero como estable ganaba poco, no era suficiente.

Hacia los 19 ó 20 años me di cuenta de que todos tenemos las mismas condiciones. Eso me impulsó para proyectarme hacia un trabajo independiente. Algunos familiares que trabajaban de ese modo me aconsejaron que laborando así podría mejorar mi situación. Entonces entré a estudiar diseño y modelaje en un instituto particular. Me gustó.

Trabajo desde las 6 de la mañana hasta las 10 u 11 de la noche. A veces hasta las 12. Soy esclavo del trabajo. Casi no me permite dedicarme a mi familia. Seguiré así hasta que me levante un poco más y consiga otro ayudante que se dedique a lo que estoy haciendo.

En el taller también me ayuda mi esposa. Tengo dos hijos. Mi hijo mayor tiene 6 años y ya quiere ayudar, pero prefiero que estudie. De aquí a unos tres años podrá ayudarme. Tiene que sufrir como yo, tiene que sudar la camiseta y parar la olla como yo, aprender a ser hombre y a ser independiente desde pequeño.

Me siento satisfecho con lo que estoy haciendo. Ganaré poco -mi margen es más o menos 15 por ciento-, pero hago lo que me gusta, de modo que trabajo mañana, tarde y noche, incluso los feriados. Me satisface que a la gente le agraden los modelos que saco o que modifico a partir de algún catálogo.

Triunfar es conseguir lo que uno desea. Tener una casa, un carro, un hogar, un trabajo propio, educar a los hijos. Todavía no he triunfado. No tengo casa propia.

Hernando Burgos

Revista Quehacer N° 81 (Lima)


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