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Castigo infernal

Autor:  |  Sommer / Herbst 2000

Rostros, rojos rostros rojos, deformes muecas y rostros rojos giran alrededor suyo. Fondo blanco, rostros deformes giran alrededor suyo, está angustiado, coloca la cabeza entre las manos. Rojos rostros en el fondo blancorojo del horizonte, solo él y su congoja, sólo él solo. Rostros suyos.

San Clemente, junio de 1710

Querida madre,

espero a que no sufras.
Otoño. Los árboles viven su proceso cíclico, pronto tendremos invierno. ¿Recuerdas que siempre me gustó tal estación del año?
tu hijo no te olvida. El hecho de que no recibas cartas mías a menudo, eso no significa que no estás presente en mis recuerdos. No me valores por el número de cartas que te escribo. No miento: tengo unos inmensos deseos de verte.
Mi situación es díficil. Lee con atención lo que narro a continuación. La noche de ayer caminaba para mi hotel. Nadie más andaba por las calles del centro de la ciudad. Pocos eran los faroles cuyas claridades irradiaban y un viento ancestral y húmedo circulaba por las calles vacías. No me perdí y llegué al lugar del cual huía en mis sueños. Estaba en el barrio donde algún día llegaría en la realidad. Fue el día, ayer. No huí. Me adentré en la profundidad de las callejuelas entretanto se debilitaba la luz mortecina de los pocos faroles. Vapores, materias cósmicas y difusas, se concentraban en la distancia. No tardó en envolverme la tiniebla. La mano de alguien agarró mi mano izquierda. Tuve la impresión de que la agarró con odio. Era una mano áspera, muy áspera y extremadamente fría. No intenté separar mi mano de ésta. ¿Para qué huir? Un día tenía que suceder, fue ayer. El desconocido me guió. Estaba ocupado conmigo mismo por lo cual no me preocupé por ver el desconocido guiador, dueño de la mano áspera y fría. Me acuerdo de que no percibí su exhalación, ni su aliento humano. Caminamos. Alongado tiempo. Caminamos, no sé por dónde. Tiniebla, tiniebla absoluta. Sentí frío. Aclaró en el instante en que la mano fría y áspera me soltó y la puerta de una mansión se abrió frente a mí. Supuse que debía penetrar a ésta. Quise ver al desconocido guiador. Éste había desaparecido. No me asombré de su desaparición. Penetré en la mansión. La puerta se cerró rápido detrás de mí. Observé el interior de aquella pieza. Unos candelabros de dos o más brazos estaban encendidos. Sobre una mesa estaba depositada una botella de coñac y unas cuantas copas. El coñac databa del año mil doscientos quince de la nueva era. ¿Muy añejo, verdad? Tuve deseos de probarlo. Estaba seguro de que la calidad debía ser excelente. Serví una copa y bebí un poco del contenido. El coñac no me desilusionó. Estaba excelso, soberbio, etcétera. Me senté para saborearlo a gusto. Oí unos pasos. Éstos provenían de la escalera. No me levanté del sillón. Aguardé a quien venía hacia donde yo estaba sentado. Quien me recibiría terminó de bajar la escalera en forma de caracol. Vestía de negro. Se aproximó a mí. Me levanté del sillón para saludarlo. No me dio tiempo. El personaje que tenía enfrente no tenía cabeza. Lo miré en detalle. No tenía manos. Probablemente no tenía pies. Imaginátelo: era uno de esos trajes que cuelgan en las sastrerías o las tiendas de vestidos. Ese traje hablaba y caminaba. !Oh, esa su voz! Esta se asemejantaba a un eco que salía de lo profundo de una cueva o de un túnel. En fin, el hombre, presumo que era un hombre, informó que había arribado al lugar en donde viviré por todo tiempo, por todo tiempo. Sugirió que tratase de olvidarme de mí para no besar el azote. “¿Está prohibido recorrer la mansión?”, pregunté para saber. “No. En sueños estuvo en su interior ya.” Oí de él que la comida estaría servida en cualesquier lugares en donde tuviese apetito y que aprovechase para degustar de las comidas. “¿Por qué?”, inquirí. “¿Por qué pregunta lo que sabe?”, respondió. En un tiempo futuro seré un ser igual a él. Se fue y quedé solo.

Estoy solo. Te recordé. Te escribo.
Saludes de <u>tu hijo</u>, quien te quiere,
Froyland Albert

La soledad es una pulga roja que va de aquí para allá en los sitios del cuerpo de Froyland. La pulga roja tiño de saliva roja el semblante de Froyland. Él abandono es la nada, cuyo nombre propio es mala costumbre. Froyland está poseído por el abandono, es la nada. Froyland creó su sol rojo de sus rostros rojos y odia su desgano rojo, su tedio rojo, su monotonía roja y su repugnancia roja. Sabe que no hay nada más allá del lugar rojo, sólo silencio, él mismo, no hay nada más allá de su nada. Ojos rojos suyos que fueron de color negro. Ojos rojos de Froyland que son dados más allá de los suyos. Desesperación, la desesperación de Froyland, rostros rojos, imágenes: giran y se deforman. Desesperación, su desesperación, rostros rojos (hacen muecas deformes) rostros rojos, los suyos multiplicados.

Cementerio 12, linete sin Cabeza, Escala Inferior – Averno, mayo de 1621

¡Queridísimo Rodrigo!

Tiempo, mucho tiempo ha transcurrido desde la última vez en que escribí una carta para ti. Empero, una eternidad de tiempo ha transcurrido desde la última vez en que nos vimos. ¿Te acuerdas? Quizá no te acuerdas. Quisiese que te acuerdes. Mantengo la esperanza de que te acuerdes de esa última vez en que nos vimos. Yo la recuerdo. Tú y yo desfallecimos horas agradables, agradabilísimas, de gusto. ¡Oh, mi recordado Rodrigo! No olvido esa última vez en que estuvimos juntos y que desfallecimos horas agradabilísimas de gusto y te recuerdo de cuando en cuando, sin embargo no escribí una carta para ti desde hace mucho tiempo. No soy mentirosa. Tuve tiempo para escribirte. No tuve interés ni ganas de escribirte. Probablemente, preguntarás: “¿Qué te motiva muy querida Odila a escribirme?” “No hay mejor espejo que el amigo viejo”, óyese. Tengo miedo, mi amigo viejo. La causa de mi miedo horripilante es la situación maldita, hija descamada del azar, en la cual me encuentro sin ser culpable. Los culpables se llaman Froyland Albert, mi hijo y […] (enseguida te lo revelo), y Lucretia, tu hija, ex mujer y […] (igualmente, te lo revelaré). La hija descarriada del azar se valió de mi hijo ingrato para atormentar mi espíritu. ¡ Ay de mí! Necesito de ti. ¡Ayúdame! La amistad y las situaciones, cuyos lazos nos unen son imposible de desunir. El pasado y el presente nos unió y une por siempre. No desconfío de ti. Tú me darás la mano, adorado Rodrigo. Asimismo, la situación maldita, causa de mi miedo, te involucra. En la mucha necesidad, dice el amigo la verdad. “¿Qué verdad sabré de ti, mi muy querida Odila?”, será tu pregunta. Froyland Albert es tu hijo (la primera de las dos verdades que te revelo). ¡Cuál no será tu asombro al leerlo! Y un “¿Qué?”, escapará rápido de los labios tuyos que besé y besé y que besaron los míos y mi cuerpo hace una eternidad de tiempo. Te repito, querido mío: Froyland Albert es tu hijo. Te conozco. “¿Perdiste la chaveta, Odila?”, querrás saber de mí. No, no enloquecí. Froyland Albert fue el fruto de nuestro amor imposible. Tengo presente las palabras tuyas de amor de aquellos días de 1491. Italia. Tu palacio. Tu cuarto. Veo que soy tuya entretanto oigo que afirmas con cariño sin dejar de hacerme el amor con pasión: “Odila, mi amor, mi único amor, amorcito lindo, precioso. La única mujer que ha logrado que goce de felicidad, mi amor.” Lo repites: “Odila, mi amor, mi único amor, amorcito lindo, precioso. La única mujer que ha logrado que goce de felicidad, mi amor.” Y lo repites una vez más, otra vez, varias veces entretanto soy tuya una vez, otra vez, varias veces. Veo que soy tuya, eres mío, disfruto de ser tuya y no me importa estar siendo infiel para con mi esposo. Tus palabras de amor siempre se mantienen en mi memoria, recordado, querido mío. Ya te lo aseguré en su oportunidad, te lo recalco sí de nuevo: fuiste el primer hombre con quien falté a la Fidelidad matrimonial que debía a mi marido. No niego que posteriormente fueron míos otros hombre, a quienes no amé. Fui de otros hombres con mucho gusto, de buena voluntad, sin intermisión. No te quepa duda: fuiste el hombre que quise y el primero con quien fui infiel para con mi marido. En resumidas cuentas, mi recordado Rodrigo:

(1) tú me embarazaste, no quise complicarte la vida, tú estabas ocupadísimo con tus intrigas, querías ser el próximo Papa de la Iglesia católica, apostólica y romana;
(2) regresé de Italia con mi marido;
(3) sufrí mucho por tu ausencia, te amaba sin límites, soñaba contigo con frecuencia;
(4) no confesé mi traición a mi marido, él creyó que fue quien me embarazó;
(5) parí el segundo día de enero de 1492;
(6) fuimos a Roma para que fueses el padrino de bautismo de <u>tu hijo</u>:
(7) fui una mujer feliz, fui tuya, fuiste mío, bautizaste a <u>tu hijo</u>, quien recibió el nombre de mi marido;
(8) volvimos a Sevilla y te eligieron Papa ese año, fuiste el Papa Alessandro VI., Sumo Pontífice romano, vicario de Cristo, sucesor de San Pedro E! negador en el gobierno universal de la Iglesia católica;
(9) todavía te amaba, todavía soñaba contigo, todavía sufría por ti;
(0) volvimos a encontrarnos en el palacio en que habitabas ordinariamente, volví a ser tuya, volviste a ser mío, fuimos amantes cada y cuando que nos encontramos hasta que no se dio cuenta Lucretia, tu hija, tu hija querida que tuvo sentimientos de aversión para conmigo, ella, tu amante en aquellos años, fue quien te prohibió que volvieses a tener relaciones sexuales conmigo.

Te digo de nuevo: “En la mucha necesidad, dice el amigo la verdad.” Te la escribí: Froyland Albert es tu hijo. Y la hija descamada del azar se valió de tu hijo ingrato y tu hija, ex amante, para causarme dolores de cabeza en el presente. “¿En qué situación embarazosa te tiene mi ahijado, cuyo engendrador aseguras que yo soy y cuyo engendrador estoy seguro de que yo no soy?”, desearás que te conteste.

He aquí la historia. Froyland Albert, después de su muerte vino a residir en el Cementerio 12, Jinete sin Cabeza, Escala Inferior/Averno, donde mi marido, yo y algunos de nuestros hijos e hijas estábamos ubicados. No tuvo calma desde que llegó. ¡ Ah, ese su temperamento terrible! Mi muy querido Rodrigo, te aseguro: tu hijo es igualito a ti. En varias oportunidades lo sancionó el Duque de Colombus, el administrador del cementerio, y lo amenazó con trasladarlo a un cementerio de escala superior si continuaba con su comportamiento inadecuado. Eso hubiese sido lo mejor. Froyland Albert no cambió de actitud.

Desgraciadamente, el Duque de Colombus no cumplió con su palabra y vino el Excelentísimo Señor del Reyno del Averno, El Diablo, a nuestro cementerio sin avisar. A su Señoría lo acompañó una de sus favoritas, Lucretia, tu hija, ex amante. Froyland Albert se enamoró de ella y procuró excitar en ella la pasión del amor. Traté de evitarlo. Reconozco que cometí el error de no confesarle que él fue el fruto del amor imposible tuyo y mío. Froyland Albert tuvo éxito; prontamente conquistó el amor de la mediahermana suya (una parte de la segunda de las dos verdades que te revelo). ¡Qué terrible! Muy querido Rodrigo, te lo reafirmo: tu hijo es igualito a ti y tiene los mismos gustos tuyos. Su Señoría puso término a la visita de dos semanas y Lucretia, amante de tu hijo, su mediohermano, solicitó a él que le permitiese quedarse otras tres semanas en este lugar para visitar los museos y demás atracciones. Su Señoría aceptó complacerla, sobre todo, porque no cabía de contento con Gustava Guadalupe, una preciocidad morena, que conoció en este lugar y que trató amores con Froyland Albert. Su Señoría se fue a su palacio, en el Reyno del Averno, lo acompañaba su amante preciosa, y Lucretia se quedó en nuestro cementerio. Gozó en la felicidad con Froyland Albert. No prestó atención a las habladurías de la gente. Y enloqueció de amor. Mi hijo, tu hijo, no paraba en casa. Creí conveniente conversar con él del asunto. Fui al cuchitril en el cual vive Catull, su amigo íntimo. No quiso delatar, ¿dónde paraban los amantes a pesar de que vio que lloré? Catull se burló de mí, afirmó que lloraba lágrimas de cocodrilo. Lo abofeteé y salí furiosa de aquel cuchitril suyo. Me acordé de Clodia, la mujer que él amó y ama y, probablemente, amará por todo tiempo. La visité en su residencia. Como siempre, ella discutía con Quintus Caecilius Metellus Celer, su esposo y primo, quien la ama empero no le perdona que lo envenenó y mantiene relaciones sexuales con frecuencia con quien quiere. Clodia se alegró con mi visita. Propuso que nos diésemos un baño de calor. Acepté y nos introdujimos en la sauna. Oyó el motivo que me impulsó a verla y prometió que me ayudaría. Cumplió. Esa misma noche logró obtener el paradero de Froyland Albert y Lucretia de Catull y se apareció en mi casa unos cuantos minutos antes del mediodía. No cerré los ojos, esperé la cuarta hora de la noche, me levanté, alisté y viajé al Cementerio 143, Marcus Iunius Brutus, Escala Media/Averno, en cuyo centro bellísimo estaba el hotel El Paraíso, en el cual satisfacían las pasiones insaciables los amantes; ¡Ay!, recuerdo que nuestras pasiones fueron insaciables, muy insaciable, también. El recepcionista de El Paraíso, Henry Stafford, Duque de Buckingham, se opuso a que fuese al cuarto que ellos ocupaban. Mi angustia lo conmovió y sugerió que hablase con el propietario del local, Richard III. Hablé por teléfono con éste. Gasté la paciencia suya y ordenó a Henry Stafford que fuese conmigo al cuarto de los amantes. Mi hijo, tu hijo, se quedó de una pieza cuando me vio. Yo le exigí que diese fin al trato amoroso con la querida de su Señoría. Si él se enteraba de éste, estábamos perdidos. “Y tú, Froyland Albert, no tienes derecho a arruinar la existencia de tus padres y tus hermanos”, le agregué. Rió, fue hacia Lucretia, su amante, su mediohermana, la besó y gritó, que ella era su mujer y que lo recibiría por esposo. Le pedí con imperio que borrase ese deseo de la memoria. “Me da igual tu exigencia, madre”, manifestó. “Ella es tu mediahermana. Tú padre es Rodrigo”, le confesé. Froyland Albert y Lucretia se rieron hasta que no les dolió el cuerpo y se burlaron de mí. Me irrité. Discutimos y ellos no me echaron afuera con violencia en virtud de que opté por irme de El Paraíso. Regresé del Cementerio 143, Marcus lunius Brutus, Escala Media/Averno, y fui a la residencia del Duque de Colombus para que supiese del asunto y poner en claro, en caso de que esos tratos amorosos de mi hijo, tu hijo, y Lucretia, tu hija, ex mujer, su amante, su mediohermana, tuviesen alguna consecuencia perniciosa, que no tengo responsabilidad. El Duque de Colombus agradeció que recurriese a él y aseguró que tendría mi proceder en cuenta. Incontinente se puso en contacto con Aníbal Alfredo Rafael Ramírez Narvaéz, el administrador del Cementerio 143, Marcus lunius Brutus, Escala Media/Averno, para que apresasen a los amantes. Fue tarde ya. Mi hijo, tu hijo, y Lucretia, su amante, su mediohermana, se habían ido de El Paraíso. Tres noches más tarde vino Pontius Pilatus, Jefe de la Policía Secreta del Cementerio 143, Marcus lunius Brutus, Escala Media/Averno, a mi casa y me enteró de la locura de mi hijo, tu hijo, y Lucretia, tu hija, ex mujer. “¡Qué grande estupidez!”, exclamé superindignada. Ellos se casaron de manera clandestina en el Cementerio 1001, Francisco de Quevedo Villegas, Escala Media/ Purgatorio (la otra parte de la segunda de las dos verdades que te revelo). Sin dilación, ellos solicitaron asilo del Reyno del Cielo. Me sentí traicionada de Froyland Albert, empero no estaba en capacidad de corregir el error suyo y de su esposa. Mi marido supo la zanganada de mí. Le fue indiferente lo que le comuniqué. El y yo no tenemos buenas relaciones en los últimos tiempos; cada quien vive su vida. Volví a ir a la residencia del Duque de Colombus. Fue amable. No mintió. Me participó que su Señoría, El Diablo, estaba que echaba mucho humo y le encargó el caso a Nero Claudius Drusus Germanicus Casar, Ministro de Relaciones Exteriores de nuestro Reyno del Averno, que, tú estás al tanto, me tiene entre ceja y ceja. Asimismo, como el buenísimo Duque está puesto al corriente de la amistad nuestra, sugerió que me pusiese en contacto contigo, pues, tal vez, puedes conversar con tu hija y, tal vez, necesite esta tu amiga de tu amparo. Vine a casa. Lloré. El miedo me acosaba. Estaba confundida, desesperada. Me decidí a escribir una carta para ti acto continuo. Ésta es la historia que no sé cuándo terminará.

Tengo miedo, mi amigo. No sé qué me deparará el destino. ¿Recibiré castigo por culpa de Froyland Albert y Lucretia? Yo no soy responsable de la irresponsabilidad de ellos. Me indigno contra tu hijo y tu hija. No es digno de ser mi hijo, tu hijo. No es digna de ser tu hija, ex mujer. ¿Cuándo lo sabré? Estoy impaciente. La espera desespera. ¿Porqué pagan Froyland Albert y Lucretia tan mal a su Señoría? Él ha sido generoso con mi marido, conmigo, con sus mediohermanos y mediahermanas y con él. Nosotros pertenecemos al reducido grupo de privilegiados. Estamos ubicados en un cementerio de escala inferior. No hemos perdido ni siquiera un átomo de nuestras carnes y gozamos de cada una de las múltiples facultades psíquicas y sexuales. Hasta antes del error de Froyland Al-bert y Lucretia estaba segura de que mi familia y yo teníamos la posibilidad de residir en el Reyno del Averno. ¡Ayúdame, mi queridísimo Rodrigo! No me olvido de las veces en que estuvimos juntos y desfallecimos de gusto. No quiero que su Señoría me castigue por la irresponsabilidad de mi hijo, tu hijo, y Lucretia, tu hija, ex amante, su esposa, su mediahermana. No quiero ser parte de la chusma que son podredumbres ya o que están en los depósitos de esqueletos cuyos restos serán convertidos en abono más tarde o más temprano. No quiero frustar la posibilidad de residir en el Reyno del Averno. Confío en ti, mi amigo. La amistad que nos une es imposible de desunir. No te olvides de las muchas veces en que estuvimos juntos y desfallecimos de gusto. Tú eres el Ministro de la Policía Secreta del Reyno del Averno. Utiliza tus influencias, querídisimo Rodrigo. Intercede por mí. No permitas que me castigue su Señoría.

Espero a saber de ti lo más pronto posible.
Tuya:
Odila
Condesa de Dürrenmatt

Las palabras son una agua manantial, brotan de una tierra inigualable mas no circulan. Un cuadro pintado, muy bien pintado es la no existencia de la palabra. Froyland imagina que las palabras huelen muy agradables a cebollas, sudan zumo de cerezas y tienen las formas de naranjas amarillas, inveterada combinación de olores, sabores y colores. El agua manantial o un cuadro muy bien pintado es otra manía de las soledades de Froyland. Σ Palabras Froyland AIbert = Σ Soledades Froyland Albert. Rostros rojos deformes, los suyos, la proyección del original que no existe más. Las soledades de Froyland los ve a través de los ínfimos agujeros de su traje, cuyo deplazamiento y transcurrir son inalterables.

Reyno del Averno, octubre de 1621

¡Odila. tiempo pasado que llegará a fin!

No respondí a tu carta debido a que, por un lado, no estaba en mi residencia cuando fue entregada en ésta, disfrutaba de vacaciones en la residencia de los Duques de Windsor y, por otro, esperé a que llegase a término el caso de mi ex hija ingrata, desobediente, y <u>tu hijo</u> perro, desagradecido, que, según tú, afirmas que es “mi hijo”, lo cual no creo, pues tú te has carecterizado por ser un mujercilla gran hija de la gran puta, cínica, mentirosa, hipócrita, desagradecida, ninfómana que se olvidó de que copuló con aquéllos que estuvieron en sus cercanías y que contó a Cristophorus Colombus una historia semejante a la que me contaste a mí para que éste se responsabilizase de la paternidad de tu hija, Carolina y, ergo, usufructuar privilegios en el Cementerio 12, Jinete sin Cabeza, Escala Inferior/Averno; en fin, no soy el padre de Froyland Albert, sólo soy el padre de Pedro Luis, Girolama, Isabella, Cesare, Juan, Lucretia y Joffre; él ni siquiera está en la lista de mis posibles hijos, en ésa únicamente están Laura, Giovanni y Rodrigo; a Lucretia no le perdono sus errores por lo cual ya no es más mi hija.

Enseñé tu carta a su Señoría y le demostré que mientes porque no quiero que asocien mi nombre con el tuyo o con el de <u>tu hijo</u>. Supongo que supiste que los fugitivos fueron acogidos en el Cementerio 43, María Magdalena, Escala Superior/Celestial. He aquí lo que no sabes y que es el objetivo de ésta carta: los servicios de seguridad y contraespionaje del Reyno del Averno los secuestraron; tuvimos tremendo lío internacional. El negador envió una carta de protesta; para suerte nuestra, la burocracia en el Reyno de los Cielos es terrible y los fugitivos no habían recibido los documentos que les acreditaba el asilo. Su Señoría delegó a Judas Ischariot para que solucionase el problema; él y El negador acordaron que <u>tu hijo</u> y su esposa fuesen enviados al Reyno de la Vida Pasajera, en donde no deberán copular, en caso de que no cumplan con la prohibición, ella parirá conejos y su Señoría tendrá poder para con las almas suyas y las de los descendientes suyos.

Su Gran Señoría decidió por destituir a Cristophorus Colombus del cargo suyo, él será un ciudadano averno cualquiera del Cementerio 102, Vito Corleone, Escala Superior/Averno, y por quitarte los privilegios que tienes en el Cementerio 12, Jinete sin Cabeza, Escala Inferior/ Averno, para que te consumas, quedes en esqueleto y los conviertan en abono. Su Señoría me encargó que avisase a vosotros de su decisión, la cual lamento, porque Cristophorus Colombus no merece que lo castiguen, y alabo, porque seres malvados como tú no merecen existir. Quien te desprecia y anhela con vehemencia que te conviertas en abono lo más pronto que sea posible,
Rodrigo Borgia
Ministro de Prostitución del Reyno del Averno

Froyland abomina del color rojo en su espacio que carece de noches y días. El tiempo es espacio y éste malbarata su rojo en los rojos suyos. Pena sinfín. Está harto de esa su existencia inexistente y no es posible que huya o enloquezca o se suicide. No llora. Quisiese llorar. Le está negado que llore. Envidia a quienes sienten física y corporalmente un daño, dolor o enfermedad. El pasado suyo es una sucesión de imágenes rojas, no se olvida de sí y besa el azote. Pena sin fín.

San Clemente, 72 000 804 puntos rojos desde mi llegada
(única referencia para contabilizar el tiempo)

Querida madre,

quizá te extrañes de recibir otra carta mía, después de que no te escribía antes.
¿Estás en el banco de la paciencia? ¿Me odias en demasía? ¿Opinas que soy tu ruina? No me quisiste, nunca. ¿Qué piensas de mí? Fui egoísta. Heredé esa actitud de ti. La historia de mi vida es la historia del desamparo, ese cuyo responsable principal fuiste tú. Nunca tuviste tiempo para mí. Fui un estorbo para ti. Desde que me di cuenta de que era tu estorbo, pregunté para mí: “¿Si no me quiere, por qué me parió?” Te acuerdas de que te lo pregunté, aún era un infante la noche en que vine hacia donde estabas desnuda, sobre el cuerpo sin ropas de uno de los amante tuyos. Te reiste de mí. Comprendí lo que manifestó tu risa, huí de tu presencia y lloré en mi cuarto. Madre, te confienso: siempre te he querido, mi querer tuvo su representación en el odio que te expresé. Yo no creo que lamentes que no te enteraste de mi querer. Has sido egoísta. Maldigo de ti en mi desesperación.

Estoy solo, muy solo, en el espacio que me corresponde, este mi universo. Sé que otros entes habitan aquí. No los he visto, tampoco lo deseo. No los quiero ver. Creo que los aborrezco igual que ellos deben aborrecerme. Vivimos nuestras propias existencias. Soy otro. He cambiado. No me diferencio de quien que me recibió el día en que llegué. No poseo manos, ni pies, ni cuerpo, empero mi traje se desplaza por donde quiero. En mi vestimenta están acumuladas mis ideas. Maldigo de la soledad, me abruma. Tú sabes lo que significa estar abrumado. Soy el culpable de tu desgracia. Pobre de ti, madre. Nadie te dio una palabra de consuelo. Mi padre, que no te quería ya y que te traicionaba noche por noche, no tuvo paciencia contigo y te abandonó. Devino el tiempo y te consumiste poco a poquito hasta que no te convertiste en el desanimado esqueleto mísero que en el año 1653 tuvieron que trasladar al subterráneo del Cementerio 940, Escala Superior/Averno, San Gabriel, que admistraba El Mal Ladrón. Lo supe cuando publicaron la noticia en La Gaceta del Reyno del Averno. Ese año estaba aturdido debido al parto de Lucretia, mi amor, mi amor querido. Tú te opusiste a nuestro casamiento. Quizá tuviste razón en oponerte, pienso. Ella no parió seres normales. ¡Oh, enrojezco cuando me acuerdo de su parto! Fui el padre de doscientas veinticuatro conejas y conejos. Mis hijas e hijos se reproducieron, presto se multiplicaron. Un día conté quince mil trecientos cuarenta y cuatro. Otro día conté ciento veintidós mil trece. Un año más tarde dos millones quinientos mil dos. No cupieron en la mansión. No supe ¿qué hacer? Los residuos de ellas y ellos enrarecieron el aire de forma mayúscula. Creí que los descendientes nuestros nos asfixiarían. Aquello fue insoportable. Desesperé. Conté nueve millones once mil uno conejas y conejos. Lucretia, mi amor incomparable, enloqueció de alegría en virtud de que la familia se multiplicaba. Se multiplicaba n-veces. No podía huir. Amaba con arrebato inigualable a mi esposa. El Diablo se vengaba de mí. Sufría de pesadillas. Me decidí a eliminar a mis descendientes. Lloré. Lucretia no estuvo de acuerdo con mi decisión. Tenía que quitarle la vida a ella si quería ejecutar mi acción. Me dolió el alma. No tuve otra escapatoria. La envenené. Acto seguido cerré las puertas de la mansión y derramé petróleo, mucho petróleo, en todos los lugares de ésta. Besé los labios muertos de mi querida Lucretia. Luego bañé mi cuerpo de arriba abajo con tal líquido y pegué fuego, mas no fue consumido mi cueipo con el fuego. Mi existencia inexistente es terrible. Amo a Lucretia, la amo, la amo para siempre y no sé que hacer con este mi amor.

Madre, termino de escribir para ti. Otro punto rojo se ha agregado a los 72 000 804 puntos rojos. Es engorroso contar los puntos rojos.
Saludes de <u>tu hijo</u> que te recuerda con cariño,
Froyland Albert.

28 008 321 834 512 832 831 431 454 320 183 452 043 678 913 276 482 661 305 857 761 592 834 512 832 831 431 454 320 280 354 008 321 834 513 puntos rojos. El sino de Froyland fue amar a Lucretia. Ella fue su viento fresco en el averno y su calor de invierno o frío de verano en los lugares terrestres. Ella fue inquietud, congoja y aflicción; suerte feliz, exaltación, gozo de su ánimo. Huyó, supo que no huyó de su Señoría, cuyos ojos infinitos ven cualesquier sitios del globo terráqueo. Supo que huyó de sí mismo, empero se engañó, pensó que huía de su Señoría. Anduvo de aquí para allá; aquí y allá vio, miró el rostro de su amada por las ventanas naturales de sus pensamientos y sueños. Froyland está seguro de que Lucretia es querida del Diablo de nuevo. “Qué piensa de mí?”, pregunta repetidas veces para sí. Ella es el ser averno que él quisiese que estuviese junto a él para no sufrir por la falta de su presencia en ese lugar rojo de su desesperación roja. 28 008 321 834 512 832 831 431 454 320 183 452 043 678 913 276 482 661 305 857 761 592 834 512 832 831 431 454 320 280 354 008 321 834 514 puntos rojos, que son rostros rojos, deformes, los suyos, la proyección del original que no existe más.


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