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Autopsia

Autor:  | Mai 2011 | Artikel empfehlen
Kategorie(n): Dialogando
Dialogando - Autopsia

Autopsia - Skalpell (Foto: labormikro)El cuerpo bien carnoso sin vida del prusiano
estaba sobre la mesa entre tanto esperaba
a que el médico forense iniciase su tarea.
Había perdido aquel color blanco original
de la piel y unas pequeñuelas manchas azules
y moradas y puntos negros sobresalían
en el amarillo obscuro que imperaba en ésta.
El hombre fue baleado unos cuantos días atrás
en algún lugar muy próximo al centro de Leipzig.
Supúsose que el cuerpo sin vida del prusiano
lo congelaron para evitar que se pudriese.
Allá, en uno de aquellos lugares agradables,
húmedos y apartados de Auenwald fue tirado
como cualquier residuo orgánico indeseado.
Quedó junto a un hermoso arce rojo del bosque.
Pensé que se alegraron microorganismos y hongos
con tanta materia orgánica para comer
con satisfacción y transformar en minerales
y elementos comestibles para el arce rojo.
En aquel lugar del bosque húmedo lo encontró
el bernardino de una cincuentona delgada,
casadera, ex bibliotecaria y desempleada;
la sajona avisó a la policía del hallazgo.

El gordo prusiano muerto fue dueño de un local
en el que mujeres jovencitas de países
de Europa oriental satisfacían con gusto
todo tipo de fantasías y deseos fieros
de hombres casados y solteros, hombres ansiosos
de expeler sus substancias masculinas con ganas.
Y quién fue su esposa veintisiete años no sufrió
por su muerte —ni congoja mostró por su muerte.
Ella era una cincuentona consumida de Halle
cuya cara mostraba odio y mala voluntad
y cuyo cuerpo combatía con vientos recios
siempre que éstos sucedían por donde pasaba.
Ella tenía casi ocho años de estar viviendo
con un hombre vietnamita, delgado y pequeño,
cuyos cuarenta y dos años había gozado.
La mujer cincuentona de Halle y el vietnamita
conformaban una pareja feliz e infeliz
desde casi cuatro años y tenían una hija
—según juzgaba la gente, igualita al prusiano.
Ella no le tuvo descendientes al difunto
y se contentaba con recibir dinero de él
que consumía con el vietnamita y con la hija.
Por ser la viuda le correspondió heredarlo.

El médico forense comenzó con su tarea.
Examinó la piel del cuerpo gordo sin vida:
quince sumaban los hoyos profundos de balas
de una pistola calibre cuarenta y cinco.
Abrió el cuerpo gordo desde el cuello hasta el vientre,
en un dos por tres sacó los restos de las balas
y valoró todos los órganos interiores.
¡Oh!, me acuerdo de que el hígado bien maltratado
mostró los efectos fatales de una cirrosis.
Tanto fumó que los dos que fueron los pulmones
perdieron el color original ordinario.
El corazón gordo se veía descomunal.
¡Cuántos metros sumaba el intestino delgado!
El intestino grueso no tuvo elasticidad.
No se le encontró el apéndice por ningún lado.
No tenía la vesícula, tampoco el vaso.
La vejiga estaba reducida a un mínimo
y los riñones tenían unas cuantas piedras.
¡Uf!, le cortaron el bálano y los testículos
eran una masa amorfa que movía a asco.
»Cada vez que acabo mi tarea tengo la impresión
de que termino la tarea de los asesinos«,
dijo el médico forense y sonrió con fatiga.

La amante del prusiano carnoso asesinado,
cuyos ojos azules tristes lloraron por él,
era polaca, hablaba francés e italiano.
Se supo, tradujeron del francés, que lamentó
el homicidio del hombre de alma y de corazón
y que no se dio cuenta de quiénes lo mataron,
tampoco porqué con tanta saña y con tanto odio.
Vino a Leipzig a causa de esas burlas del sino;
partió de Lublín para cumplir con su sueño, o sea:
trabajar en un burdel parisino o romano.
Trabajó de ramera en el local del prusiano
hasta que no se convirtió en su amante oficial.
Ella no lo amó, tampoco él, no fue necesario.
Ella no lo malquiso, él la trató con cariño;
él le entregó dinero para sus gastos diarios;
él le compró vestidos y prendas interiores;
él le compró asimismo zapatos y perfumes;
él le regaló joyas y artículos de lujo;
él fue a pasear, a comer y al cine con ella;
y él la toleró y no coitó con otras mujeres.
Ella dijo que lo recordaría con gusto.
Ella no permaneció en Leipzig mucho tiempo,
no quiso tardarse en llevar a cabo su sueño.

Quise saber: ¿porqué asesinaron al prusiano?,
¿quién o quiénes lo mataron sin misericordia?,
¿fue la mujer polaca de ojos azules tristes?,
¿fue la esposa cincuentona consumida de Halle?,
¿fueron la esposa cincuentona y el vietnamita?,
¿fueron la polaca, la esposa y el vietnamita?,
¿fueron unos sicarios de la mafia de Leipzig
los alevosos que acabaron con su existencia?,
¿pagó él bastante dinero a unos sicarios
para que le quitasen la vida con aversión
a causa de que no quiso vivir para no ver
el derrumbre terrible de su cuerpo carnoso
o a causa de que quiso burlarse de sí mismo
o de la terrorífica o de Dios o del Diablo?
Nadie lo supo, ninguna persona lo sabrá:
él calló o fue obligado para que callase
y los agentes de la policía criminal
de la ciudad no descubrieron quién asesinó
o quiénes asesinaron al prusiano gordo.
Supuse, para el prusiano carnoso fue igual,
mas, ¿me equivoqué o no me equivoqué en mi apreciación?
¿Fue auténtica o no fue auténtica esta historia
o confundí la realidad con la fantasía?

Bilquelle: Labormikro.


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