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Abrán la puerta!*

Autor:  |  Sommer 1993

Entraba la intensa luz de los rayos del sol por la tarde a través de las grandes ventanas en un departamento del quinto piso en uno de los tantos edificios, allá en río Missipi de la colonia Cuauhtémoc, muy cerquita de Chapul-tepec. Estaba de visita con Obey y nos ganaba la modorra, con ganas de no movernos, si acaso hablar. Describíamos ese estado como la ‘mosaigués’. Entre tanto llegó su novia, que por cierto es alemana, si es que no se ha muerto o ha renunciado a su nacionalidad o qué se yo. Porque ha Obey hace años que no lo he vuelto a ver, además que ellos ya no están juntos. En fin, ella llegó con nosotros recién bañadita y envuelta en una bata azul deslabado, que por su apariencia se veía vieja y haber sido usada por unos cuantos más. Simplemente se sentó junto a nosotros, probablemente a escuchar la sarta de tonterias, por no decir solamente mamadas, de las que para la ocasión con convicción hablábamos. Me percaté de que el hermano de Obey se encontraba también en casa cuando a éste lo vi salir de una de las habitaciones de aquel amplio departamento. Intercambiamos saludos, preguntas de rigor, o sea las de siempre. Obey le pidió nos trajera otras Tecates. No precisamente de buena gana, pero nos trajo un tren de chelas pa’ cada uno y luego volvió a la habitación de donde lo vi salir. En la vida de los inquilinos de ese hogar imperaba la entropía, la cual saltaba a la vista no sólo por el desorden en que se encontraban las cosas, sino también en los hábitos de Obey y no lo dudaría tampoco en las costumbres de su novia y hermano que vivían bajo el mismo techo. Por ejemplo, en el piso uno podría encontrar desde un chicle mascado hasta una cuchara de plata; el programa de televisión de hace dos meses junto a las tesis filosóficas de Mao. Pero para que hablo de desorden, si yo tengo el propio.

Frecuentemente sucedía en las conversaciones con Obey, que llegábamos a temas en los cuales caíamos en profundas discusiones y generalmente no llegábamos a conclusiones. Creo que eran más bien ejercicios para argumentar y contraargumentar, cuyos resultados eran la reflexión en otro momento sobre cuestiones que yo solo nunca me hubiese preguntado. Supongo que algo similar sucedía con Obey, porque él gustaba de retomar argumentos de discusiones pasadas. En esa ocasión no habíamos empezado a polemizar, más bien estábamos en la modorra, tomando una Tecate helada con limón y sal y fumando cigarros delicados sin filtro. El silencio y nuestra calma chicha fue interrumpida por un largo timbrar. Alguien llamaba en la puerta de entrada al edificio, ya que el timbre de la puerta del departamento no funcionaba. De un modo molesto Obey urgió a su hermano para que se asomara a la ventana y viera quién tocaba el timbre. Su hermano respondió a los gritos, diciendo que el estaba ocupado y que Obey estaba más cerca de la ventana. Obey replicó a gritos: “Me vale madres que estés ocupado, con una chingada te digo que vayas a ver quién chingaos está tocando”. La novia de Obey ni se inmuto por la gritería, ella seguía con toda calma desenredándose el cabello aún húmedo. Esa situación me incomodo un tanto e incluso estuve a punto de pararme para ver quién era el que estaba en la entrada del edificio, sin embargo, pensé: “ese no es mi pedo”, o sea que no dije nada, ni me moví de mi lugar. Entre tanto siguieron timbrando varias veces, el hermano de Obey salió del cuarto encolerizado y gritando: “Pinchi Obey tan güevón, ve tú a ver quién chingaos está tocando porque yo estoy ocupado”.

“Con un carajo” , dijo Obey, “ya te dije que tu abras la puerta y me importa una chingada lo que estés haciendo. Yo no voy a pararme y si me paro es para darte unos madrazos”. “Ándale cabrón, ve a ver quién toca”. El timbre seguía sonando, entre los gritos de estos dos y la música que salía de la habitación en donde estaba el hermano de Obey. En eso la novia de Obey dijo, “dejen de estar gritando y abran ya la puerta”. El hermano respondió “pues ábrela tú” y Obey agregó: “tú no te metas en nuestras broncas”. La novia dijo algo incomprensible. El timbre seguía sonando. Entonces el hermano se dirigió hacia la ventana hablando solo y recitando una bola de majaderías. Obey comentó entre tanto “ay cabrón que pinche genio tienes”. El hermano abrió la ventana y se asomó para ver quién, con su tocar el timbre, había roto nuestro ocio. De forma rápida dio un paso hacia atrás, se volvió hacia nosotros y gritó “la policial”. La novia de Obey pegó un brinco de su lugar, se abrió la bata de baño que traía puesta, dejó ver su cuerpo desnudo y empezó a correr como loca, gritando y sin rumbo fijo en la sala en donde nos encontrábamos. Obey sólo se paró de su lugar y empezó a gritar: “esta vez ya nos cargo la chingada”. Su hermano corrió a la habitación en donde estaba y poco después salió con un bulto en la mano y detrás de él otro tipo, que hasta ese momento supe que también estaba en el departamento. Uno detrás del otro se mentieron al baño. El timbre seguía sonando y sonando. Obey desde su lugar gritaba: “de volada desafanen todo, que no quede nada que nos embarque”. Yo quede paralizado en mi lugar sin saber qué hacer y pensando: “Ya cayó aquí la policía y por el solo hecho de estar con estos güeyes, ya me cargó a mí también la chingada. Vale verga, pinche suerte tan culera”. Prácticamente ya me veía encerrado en una prisión obscura, imaginaba todas las broncas que vendrían, policía, abogados, la familia, el trabajo, en general un panorama negro. Pensaba asimismo qué hacer, qué decir. Lo que me venía a la cabeza eran puras cosas sin sentido. El timbre seguía oyéndose y me ponía más nervioso y los gritos de Obey y de su novia, que continuaba corriendo como loca, y las carreras e indicaciones del hermano que entraba y salía del baño y de la habitación.

Finalmente agaché la cabeza y me llevé la mano a la cara. Entonces así percibí más intensos los sonidos, el pinche timbre que no paraba de sonar. Las injurias de Obey a todo el mundo los alaridos de la pinche vieja que corría como pendeja en círculos, el ir y venir del hermano junto con los gritos que pegaba también su amigo, que buscaba hacer desaparecer todo por el escusado. La radio, el ruido de los coches que transitaban por la calle, creo que incluso oía los latidos de mi corazón. En ese caos, levanté la cara al ver que Obey se dirigía hacia la ventana y puse toda mi atención para ver qué era lo que sucedía. Con resignación se asomó por la ventana y desde el fondo de la calle se escuchó un grito desgarrado. ¡TELEGRAMA!.

* Una histerieta de la ciudad de México.

1.

Soy necio soy impertinente soy perezoso amo quiero deseo imploro soy amoroso soy perfeccionista soy feo soy pecaminoso bobo malcriado consentido soy respetuoso
soy tímido soy alcahuete soy precavido terco lacónico romántico soy bandido soy un ángel soy estudiante soy retraído leo poemas libros de pintura soy un lío
yo no tengo novia ni prometida ni mujer
empero amo a un pequeño y divino ser
el cual me hace ser muy feliz como padecer
soy aseadito soy sencillo soy lunático anticuado un hijo de casa soy temático soy bueno soy católico soy apostólico

2.

Ah, me encanta soberbiamente la pintura empero también me gusta oír música como resolver ejercicios de matemática o leer un ameno ensayo de literatura
claro, a mí me gusta salir, pasear y viajar conocer nuevos lugares, países, parajes además de probar todo tipo de manjares a veces quiero ser un pájaro para volar
me llaman la atención los pueblos pequeños
pueblos típicos con iglesia, casa comunal
sus casonas viejas, sus sitios y con sus cuentos
yo no escribo mis poemas como pasatiempo ni para que me digan que soy un fenómeno yo escribo poemas para convivir el tiempo

a. ramírez 1978


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